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Hablando en series

UN DESCLASADO, eso es lo que soy. Un proscrito de la banda de Guillermo Brown. Así es como me siento. Debo ser de los escasos ciudadanos de este país que no sigue una serie de televisión (me refiero a los que ven la televisión de forma activa, que tienen un mando de pago o de acceso vía telefónica, los que contratan “el paquete”, un preparado digital que mete la tele, el ordenador y el teléfono en un lote de pago que nunca nos tiene contentos). Hay otra parte de la ciudadanía que se limita a sentarse en el sofá y a lo que le echen, famosos discutiendo, graciosos agradeciendo, pailanismo cultural entreteniendo o informativos informando con la boca pequeña y el periodismo desaparecido en combate perdido.

Las series han pasado de ser el gran objeto del deseo televisado a tema de conversación, contraste de pareceres y alimento cinematográfico doméstico (una vez que hemos domesticado el cine ya no queda gran cosa por hacer) De la misma manera que "somos" de un equipo de fútbol o de un partido político (a veces los dos se confunden) "somos" de una serie y la confrontamos con la de nuestros amigos en forma amistosa pero siempre manteniendo nuestra postura. "Somos" de Juego de Tronos o de Walking Dead, The Wire o Homeland, por citar unas cuantas activas, igual que "somos" del Celta o del Depor, o del Madrid o el Barça, nunca de los dos a la vez que son opuestos por el vértice; igual que "somos" del PSOE o el PP (imposible ser de los dos a la vez, aunque casi se podría hacer esa pirueta que sería como seguir Perdidos y Los Soprano a un tiempo) No puedo comentar con mis amigos, que comparten o contrastan sus series preferidas en las tertulias; ni siquiera en familia, donde tengo seguidores de Game of Thrones (la ven con subtítulos) o del Ministerio del Tiempo (la única serie de alta gama e inteligencia rodada en España, donde abundan más los vecindarios patético-realistas) y ni siquiera por la parte infantil, donde tengo al nieterío dividido entre Yokai Watch y Pokemon (aunque todos son devotos incondicionales de las últimas grandes obras disneyanas). Como yo no soy de series, me tengo que quedar de espectador de las discusiones.

El mundo de las series ya tiene importancia suficiente como para tener su espacio periodístico, su parcela de presentación y crítica. Anuncian en los nuevos sistemas de cobro sutil, como HBO o Netflix que vamos a tener (en el caso de que cada quien contrate y pague o se busque la vida por los vericuetos tecnodelictivos chinos) series de narcotraficantes, que es lo que se lleva esta temporada, que se suman a los grandes clásicos ante reseñados. Las vidas poco ejemplares del Chapo Guzmán y la Reina del Sur junto con otras variaciones sobre el mismo género llegarán en capítulos donde –se supone– habrá cocaina y tiros para dar y tomar (es una expresión, en realidad no dan nada, todo se vende, ya sea cocaína o teleseries). Por supuesto continuarán otras historias seriadas de policías americanos variados (sabemos ya más del sistema policial americano y sus métodos pseudoforenses que de la Guardia Civil) que siempre ganan en la tele (la realidad es otra cosa) y de personajes misteriosos afectados del viejo síndrome de David Lynch, que hizo mucho mal con aquel Twin Peaks, que fue multiimitado por todas partes.

Las únicas series que pude seguir y que afortunadamente tuvieron un fin digno, me las pasó mi hijo, pirateadas directamente: True Detective, Treme y Black Sails; tres historias que se escapaban de la corriente habitual y que no tuvieron repercusión mediática. Y así me iba, que no podía hablar de ellas más que con algún friki de confianza. Guardo como oro en paño los capítulos de la que fue calificada como la obra maestra de las series, El Prisionero, una producción británica que cumplirá en octubre cincuenta años. En todo este tiempo y desde aquella televisión bífida de dos canales, las series de culto alternaron con las telenovelas, series también, pero de banda social diferente en las que se ponían imágenes a los dramas radiofónicos para eternizarnos en amores y tragedias de esclavas Isauras o damas sufridoras con hacienda propia.

Podríamos clasificar las generaciones por la serie televisiva que las identifica, remontándonos incluso al blanco y negro de Bonanza o ¿Es usted el asesino?; si usted las recuerda, amigo, es un jubilado nostálgico. Desde aquello la televisión se basó en mantener la atención de la audiencia con historias semanales que se prolongan todo el tiempo que haga falta. Debe haber una docena y pico de estudios sobre la correspondencia psico y sociológica entre las series de moda y la sociedad que las consume. Pero, básicamente y sin meternos en profundidades, todo se reduce a una moda de temporada, igual que los pantalones estrechos o anchos. El mundo fantástico que desarrollan, nos sorprende, nos engancha, nos mantiene en suspense y nos convierte en seguidores. Da lo mismo que el tema sea de muertos vivientes o de policías, tan irreales son unos como otros; tan fantásticos son los dragones medievales como los espías antiyihadistas, tanto sufren los peones venezolanos enamorados como las españolas de barrio; tan tonto es el sexo en Nueva York como en una comunidad de vecinos casposa; los superhéroes, los narcos y los mafiosos se confunden y mueren, matan y destrozan en un puro juego de ordenador con efectos digitalizados.

Porque la serie de la realidad es más aburrida, nos la pasan en la sobremesa todos los días en formato informativo, por el que desfilan zombies que hablan de política, policías con la cara pixelada que entran en la última imputación (a juzgar dentro de siete u ocho temporadas), el juego por los tronos del mundo deja detrás miles de muertos que no saben por qué mueren, un payaso diabólico ocupa el ala extremo derecha de la Casa Blanca, el Capitalismo salvaje sigue en pantalla después de todas las temporadas y no se le ve el fin. Y no hay mando que pueda cambiar esto, se quedó sin pilas.

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