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Violencia, humor y redes sociales

DE UN tiempo a esta parte (no sé cuanto tiempo ni a que parte) se producen sucesos de extrema violencia que se reflejan en las informaciones de prensa. No me refiero a los repetitivos crímenes «de género», que son brutales en sí mismos y se suceden unos a otros con siniestra regularidad (podríamos pensar en que el sistema de prevenir y combatirlos no funciona, con lo cual habría que buscar otros sistemas), me refiero a sucesos que no deberían pasar de un simple robo, una agresión circunstancial, una pelea de patio de colegio, pero que se convierten en sucesos de crueldad insólita y gratuita. Los ejemplos recientes; el cura de la parroquia viguesa que fue agredido de forma brutal; la niña de Mallorca, linchada literalmente por sus compañeros de clase; palizas sin venir a cuento a personas en la vía pública, violadores en fiestas… Todo eso sorprende por el grado de violencia innecesaria (entiéndase, no es que crea que hay una violencia necesaria). Seguro que al cura de Vigo podrían haberle robado tranquilamente sin darle la paliza que le dieron. Pero no, se fue más allá, ambos, el cura y la niña mallorquina tuvieron que ser asistidos en el hospital y el estado del párroco es grave.

Hace años se publicaron y se propagaron estudios variados que señalaban la relación entre la violencia y las series de televisión o el cine, señalados como ejemplos a imitar por aquellos que protagonizaban las noticias de sucesos. Desconozco a donde fueron a parar aquellas sentenciosas aseveraciones defendidas por psicólogos y sociólogos de hace cuarenta o cincuenta años. Nunca supe si de verdad existía una relación entre el delito y la pantalla, pequeña o grande, y si había imitación, aprendizaje o algo por el estilo. Tampoco sé si ahora hay algún estudio que relacione la violencia actual con las series de televisión (violentas, en las que hay más muertos que actores) o los juegos informáticos, basados principalmente en destruir violentamente a todos los seres humanos y no humanos que se pongan por delante. Posiblemente haya algún estudio sobre la cantidad de violencia que «consumimos» en nuestra dosis diaria de noticias. En los años 60, cuando la guerra de Vietnam se fotografiaba en directo, se dudaba en mostrar las fotos más desagradables, y muchas veces no se emitían; escenas como el célebre tiro en la sien del general Nguyen Ngoc Loan a un prisionero maniatado eran consideradas impublicables por muchos periódicos; hoy, hasta el medio más pacato publica cualquier muerte en directo, con sangre y tripas. Nos hemos acostumbrado. Pero no sé si eso es suficiente para creer que hay una influencia de los medios de comunicación en las conductas sociales. Lo que sí sucede es el camino contrario; cada vez se producen más hechos violentos con el único e inconsciente fin de ponerlo en las redes. El último, mientras escribo, me llega a través de la prensa digital, que me informa que un niño brasileño se ahorcó en directo mientras lo veían sus amigos en la red.

La Red ha cambiado la vida de la sociedad, para bien y para mal; cada vez son más las actividades que realizamos delante de una pantalla, desde comprar y vender hasta llevar a ese terreno nuestras relaciones más personales (dentro de unos años no habrá bancos, los tendremos en nuestra tableta, junto con una imprevisible lista de cosas necesarias) y ya somos seres demediados, parte real y parte enla-red, y muchas veces no sabemos en que terreno estamos. Es la anécdota de un viejo amigo, un día de copas: «Vi dos ríos, uno que era y otro que no era, y dos puentes, uno que era y otro que no era; pasé por el puente que no era y caí en el río que era». El niño brasileño jugó a ser ahorcado en el mundo virtual y murió en el mundo real.

Vivimos para alimentar ese mundo que no es, y no sólo los violadores y acosadores cuelgan de la red sus hazañas más viles; existe una vertiente opuesta, la de los que están constantemente contando chistes en la red y, peor, los que imparten doctrina desde ese púlpito virtual. Los primeros, los humoristas consideran graciosa cualquier cosa, el trastazo de un bebé o la metedura de pata del político. Los segundos, muchas veces con supuesto humor, nos dan el mensaje político, su propaganda, para cantar los méritos propios y acusan a los contrarios –a veces con falsedades– de todos los males. Todos tratan, de forma patética, de verter unas gotas de humor en los mensajes; los políticos creen que ganan adeptos con eso, pero, en realidad, humoristas hay muy pocos, gente contando chistes de taberna, unos pocos más, pero, en un país en el que hay millones de humoristas sin carné, cualquier cosa vale. Ese nuevo ser llamado «tuitero», neologismo a punto de entrar en el diccionario, que usa las redes para atacar a los enemigos (políticos, sociales, futbolísticos o regionales) no es consciente de que queda preso por la palabra; una vez que le da a la tecla del «enter» ya está atado por sus partes pudendas, porque lo que escribió ya es de dominio público y sus consecuencias caerán sobre él; ya puede ser la mujer que deseó la muerte de un niño enfermo de cáncer porque quería ser torero o los que acusaron a Piqué de cortar la camiseta-bandera. Todos quedan definidos por sus inconscientes palabras; los políticos que creen que el Twitter les va a dar votos y les va a dar más aprecio entre las redes sociales, sin saber que sus mensajes los leen los fieles que no necesitan convencerse y los infieles, que lo aprovecharán para tomarlos de coña.

La Red se ha convertido en un espacio complicado en el que se mezclan los violentos, los humoristas y los que pretenden sacar algún provecho, algún dinero, algún voto; la misma Policía ha cambiado al soplón de callejón oscuro peliculero por un ordenador que rastrea la estupidez humana. Y ya comienzan a surgir personas que se desenganchan del teléfono como de una cagada de perro pisada en la calle.

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