El gran carnaval


Etiquetas: J. A. Xesteira

08/09/2010 - J. A. Xesteira

¿Para que sirven 33 mineros sepultados en un agujero a 700 metros de profundidad en el desierto de Atacama en Chile? Para todas las posibles invenciones del mundo del espectáculo, la política, la rreligión y, en el fondo de todo, para hacer negocio. Desde el primer instante, cuando los familiares y los rescatadores constataron que estaban vivos, metidos en un agujero en condiciones de resistir, y se produjo la natural alegría y comenzaron las primeras declaraciones oficiales, me vino al instante a la memoria aquella gran película del genio Willy Wilder, “El gran carnaval” (el título original era “El as en la manga”, un juego de palabras en inglés: el as en el agujero), en la que Kirk Douglas montaba un lucrativo negocio a expensas de un pobre hombre atrapado en un agujero de una mina. Wilder mostraba allí al periodismo sensacionalista y amarillo, a la morbosa curiosidad de las masas y a la corrupción oficial, anticipándose en muchos años a la actual explotación de las catástrofes y tragedias para satisfacción de un publico cada vez más estupidizado y que actúa sólo guiado por los instintos más primitivos. En la mina chilena se vive una tragedia bajo tierra y una comedia en la superficie. Y lo vemos en directo, casi al instante, gracias a los medios de comunicación, a Internet y a la globalización comercial del mundo. Mientras abajo hay 33 obreros topos esperanzados en que los van a sacar pronto, arriba están docenas de personas y personajes organizando un enorme circo que pomposamente llaman operaciones de rescate. Al instante aparecieron equipos de psicólogos que filtran las comunicaciones y dicen lo que hay que hacer en cada momento para mantener la moral firme. Claro que por el medio se meten los políticos, que hablan, como siempre, sin atender más que a su propia vanidad y a su cuota de poder. Y así, un ministro dice que el día de la Independencia tendrán su copita de vino, mientras que los psicólogos lo prohiben. El circo tiene sus reglas, y por medio se mete siempre el desajuste de una tropa de personajes que quieren su parte de fama. Sin venir a cuento, aparecen para salir en la foto los uruguayos supervivientes de aquella famosa tragedia de los Andes, en la que unos niños bien de la clase alta uruguaya sobrevivieron a un accidente aéreo tras comerse a sus familiares. ¿Que tiene que ver eso con unos mineros pobres sepultados en Atacama? Nada, es parte de la fanfarria y el desfile de monstruos. Por allí pasan políticos y los expertos de la NASA, que saben como tratar a seres humanos recluidos en condiciones extremas, experimentan con esta muestra de conejos de indias encerrados en un reducido cubil. Por allí pasaron cantores de cueca chilena, grupos folklóricos, los payasos Conchito y Perlita, un pianista, una peña de hinchas de fútbol y un sin fin de faranduleros variados. Mientras, los trabajos de verdad, los intentos para hacer un nuevo túnel que llegue hasta el hueco en que se encuentran, avanza a trancas y barrancas, de forma discreta. Abajo esperan que lleguen pronto, pero arriba el espectáculo continúa. Y ahí entran los propios familiares, acampados en una especie de vacaciones familiares, en los que se mezclan niños, abuelos, padres, esposas... y amantes. Y ahí comienzan las peleas por los derechos de autor. Porque hay dinero por medio. De entrada, unos empresarios altruistas hicieron aportaciones de miles de pesos para los mineros, los sindicatos recogen donativos, las televisiones y las radios presentan sus programas de recaudación. Y cuando hay dinero por medio, la cosa se tuerce. Las familias y los sepultados se cruzan cantidades enormes de cartas (habrá un libro con todas ellas cuando acabe todo, no lo duden) y los vídeos de las conversaciones de los mineros con sus hijos aparecen en Youtube donde, ya hay un virus que se acciona por mensajes de e-mail que propone ver a los mineros, si se clica (un nuevo y práctico verbo) el troyano ya se ha quedado con su cara, y a la mínima que usted consulte sus cuentas de banco, ya se ha quedado con su dinero. Todo es negocio. Y no sólo negocio de dinero, sino negocio del alma. Por allí ya se han dejado caer los representantes de sus dioses en la tierra. Al parecer, la mitad de los sepultados es católica, y la otra mitad, de la iglesia evangélica. Y en ese gran carnaval no podían faltar los malabaristas espirituales. El cardenal de Santiago llevó 33 rosarios bendecidos para hacérselos llegar a los enclaustrados (que, por cierto, tienen dificultades para recibir lo necesario a través de un tubo, a no ser que los rosarios se consideren imprescindibles para sobrevivir) y el pastor de la Iglesia Adventista, contraataca con 33 minibiblias. Y por si fuera poco, ya han colocado imágenes de la Virgen de la Candelaria, san Expedito, Jesucristo y san Lorenzo, que es el patrono de los mineros. Para rematar, el presidente de Chile, que nota como sube su popularidad con apariciones optimistas en medio de la pista circense, ya ha prometido que la mina se cerrará y se construirá encima un santuario. En medio de despropósitos variados, alguien ha sugerido enviarles muñecas hinchables y el Playboy. Y no está descabellada la cosa. Porque abajo sobreviven 33 hombres con un enorme problema de 700 metros de tierra sobre sus cabezas y treinta y tres problemas personales, entre los que se encuentran sus miedos, alcoholismo, drogadicciones, sexo, tabaco y la convivencia obligada a un espacio reducido que acabará por volverse terrible y aniquilador, por mucho que ayuden los psicólogos exteriores. Sobre ese gran carnaval montado en el desierto giran los artistas de un circo morboso; se mueven dineros y servidumbres. Pero al mismo tiempo se tapa y olvida la realidad de los mineros chilenos (en general la de los mineros universales); nadie recuerda qué mineral extraían esos hombres de esa mina; nadie reclama a los empresarios de esa mina responsabilidades por las condiciones en que trabajaban ni por los bajos salarios que cobraban, ese salario del miedo que los llevaba a trabajar en precario. Quedan por delante varias semanas y en el mejor de los casos, los mineros serán rescatados. Pero para entonces el circo ya habrá dado su función y se desplazará a otra catástrofe.

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3 comentarios

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#3 Por vilma 10-10-2010 00:01

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Xesteria, soy chilena, y he conocido muy de cerca la vida del minero, x eso me parece estúpido el comentario de #1, todo lo que dices es real, como desconocer el show mediático montado, las autoridades se han ocupado de los mineros, sólo si pueden sacar provecho de ellos y la familia, lamentablemente ha caido en el circo...comparto tu opinion y he escrito algo muy similar


#2 Por rachel 09-09-2010 23:16

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todo lo dicho en el artículo es cierto. Pero si no fuera por eso la paciencia se acabaría.No podemos criticar a los familiares, pués ellos
son los que sufren conjuntamente con los sepultados. no juzqueiz para no ser juzgado. rachel.venezuela.


#1 Por 16864 09-09-2010 04:55

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Sr Xesteria le deseo que en su próxima vida por hambre o lo que sea se meta minero y si tiene la mala suerte de quedarse atrapado por culpa de quien corresponda se monte un circo mediatico para que sus horas de claustrofobia sean mas llevaderas con vírgenes santos y la Nasa ayudando y dios rezando o su santa madre.¡Hay que joderse!


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