Homo erectus
06/09/2010 - Jesús Iglesias
Con la llegada de la adolescencia surge a menudo un conflicto metafísico que planteó Hermann Hesse en su literatura milimétrica: la dualidad entre el inmaculado mundo de la responsabilidad, el refinamiento intelectual y la pureza espiritual; y ese otro mundo constituido de materia oscura, pecado, curiosidad y mucho deseo. Aunque siento una admiración obscena por el talento, la sensibilidad y la inteligencia, envidio a esos tipos que andan por la vida sin padecer más allá de lo físico y sumidos en un ‘neardenthalismo’ casi fundamentalista. Es esta irresistible pulsión la que explica que, si bien elijo a mis amistades por sus calidades humanas, tiendo a juntarme de vez en cuando, en los innobles escenarios que dibuja la nocturnidad, con compañías que se manejan en modos primitivos y hoscos. De entre esos eruditos de la grosería, con los que conservo una amistad muy sana para el organismo, guardo enquistado en el corazón a un colega de farras italiano que conocí en Cartagena de Indias. Recuerdo una ocasión en la que salimos con dos chicas por Getsemaní y, con un descaro impertinente, me dijo: “Io gusto ma de la tuya (que tenía más pecho)”. Quise ser diplomático: “Bueno, no sé, tienes que pensártelo, la tuya tiene buena ‘cola’. Hay hombres que son más de teta y los hay que son más de culo”. Michelle sentenció: “Io sono hombre de coño”. Me lo dejó muy clarito también un condiscípulo argentino con el que entré en un garito en el barrio ‘carioca’ de Lapa: “A mí me gustan todas”.
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