Están de moda los terremotos


Etiquetas: J.A. Xesteira

10/03/2010 - J.A. Xesteira

Los expertos sismólogos aseguran que cada año se producen un millón y medio de terremotos en todo el mundo, que la mayoría son sólo detectables por máquinas sensibles y que apenas tienen importancia. Eso último no hacía falta que lo dijeran los expertos, porque si todos fueran importantes estábamos listos. Lo que pasa es que a veces se producen terremotos de alta intensidad y que a veces (las menos) coinciden tres o cuatro juntos. Son cosas de las fallas tectónicas, de la corteza terrestre, que ya nos dijeron en el bachillerato que es como una costra que flota sobre el magma incandescente (eso del magma incandescente fue una expresión que siempre nos gustó de chavales, porque es algo que sólo se puede imaginar con música de películas detrás, como algo sobrecogedor y peligroso). Así que esa fatal coincidencia de estos días, primero Haití, después Chile, al rato Taiwan y ahora mismo (por lo menos cuando esto escribo) Turquía, no es cosa corriente, algo que no hace falta aclarar, basta con leer los periódicos. Para los expertos es cosa normal, por lo que parece, pero para los lectores de periódicos nos parece un atasco sísmico, que no nos deja tiempo de pasar de una catástrofe a otra, de una solidaridad a otra, de unas víctimas a otras. Porque la identificación con la víctima es una de las bases de la información recibida. No bien asimilamos que los muertos son negros nietos de esclavos, que hablan francés, a los que vemos deambular por una especie de calles, entre bomberos sin fronteras que sacan niños de los escombros, cuando todo cambia y la víctima nos habla español acentuado en América del Sur, cambian los uniformes de los soldados que evitan los pillajes y las mujeres y los niños se apilan en otros campamentos. Pero al rato nos avisan que en Taiwan también hay otro terremoto, aunque en éste no nos muestran a las víctimas, seguramente porque ya no cabían en el cupo de desastres por milímetro cuadrado de periódico. Y ahora, por encima, llega el de Turquía, uno repetido, que ya vimos otras veces en el mismo sitio, con las mismas casas de adobe derrumbadas como azucarillos y las mismas mujeres llorosas, envueltas en las mismas mantas. A modo de recordatorio, y sólo para que se vea que hice los deberes y por una vez (que no sirva de precedente) le hago caso a las estadísticas, aquí van los datos: Haití, 7 grados Richter, de 45.000 a 50.000 muertos (a ojo, porque las cuentas, en un país que no cuenta, nunca se saben); Chile, 8,8 grados, 700 muertos (mientras el ministro del ramo no diga lo contrario); Taiwan, 6,4 grados, 700 muertos (redondeando, porque no son muy dados a explicar sus bajas); Turquía, 6 grados y 51 muertos (de momento, porque ya se sabe que se empieza contando a los diez primeros y después nunca se sabe donde se para). Todos los terremotos tienen, por desgracia, cosas en común. La primera es que casi siempre encuentra a las víctimas en cama; la segunda, que mueren siempre más pobres que ricos, lo cual demuestra que la construcción de calidad hay que pagarla. Después hay otras muchas coincidencias, pero sólo unas cuantas son previsibles. Una de ellas, la más común, es que los gobiernos de todos los países no pierden el tiempo en gestionar previsiones para catástrofes, lo consideran un gasto inútil, ya sea el de Haití, un gobierno casi inexistente, supuestamente dedicado a forrarse y controlar mediante una fuerza policial al pueblo pobre; o ya sea el gobierno muy democrático y con instituciones adecuadas, como es el de Chile. El resultado viene a ser más o menos el mismo, con variantes: los muertos mueren, los que quedan se buscan la vida, pidiendo o robando, y las autoridades, que no saben como arreglar el desastre, se fotografían y se pasean por entre unas ruinas decentemente aconsejadas. Y a partir de ahí se pone en marcha el aparato internacional para ayudar a los desgraciados que tuvieron la mala suerte de vivir encima de una falla (por favor, nada que ver con la política valenciana, no me hagan chistes fáciles) y perder su casa, sus propiedades, pocas o muchas, sus familiares, sus amigos y, a lo mejor, un brazo o una pierna. La solidaridad internacional, de repente, se convierte en el buen samaritano y envía aviones de alimentos, tiendas de campaña, agua, medicinas y personal adecuado. Se mueven cantidades enormes de productos, mercancías y personas. Y ya se sabe, cuando hay movimiento de todo eso hay dinero, pasta gansa. La cantidad de millones de euros que se requiere para ser solidario es enorme. De repente les cae encima todo el dinero que nunca hubieran recibido si se hubieran muerto de hambre, de la violencia de los pobres o de cualquier enfermedad que se puede curar con un paracetamol y medio. Es así. La gran campaña de los bancos por el terremoto de Haití ha sido sustituida por otra para Chile, y si en Turquía hay más muertos, se cambia la campaña. Muchos se han forrado y otros muchos se están forrando. Los doblemente desgraciados, los pobres del lugar, no verán mucha ayuda internacional, salvo la leche en polvo y el agua para mezclarla. El terremoto de Haití ya no existe en los Medios, pero si pudiéramos mirar sin ser vistos aquellas tierras, seguramente veríamos que todo está igual, pero sin fotógrafos, y si no hay noticia, la cosa no existe. Muerto mata a muerto, y el muerto más fresco es el más importante. El negocio continúa. La incompetencia de los dirigentes es evidente. En Chile se echan la culpa del tsunami un ejército a otro. El nuevo presidente ya acusa a la presidenta saliente, antes de tomar posesión, de que gestionó mal la catástrofe. Ahora tiene cuatro años por delante para “reconstruir”; una buena ocasión para que alguien se monte en el dólar. Por desgracia siempre habrá catástrofes naturales para negocio de bancos y políticos. Las otras catástrofes no interesan, no mueven dinero. Una matanza religiosa en Nigeria (el mayor número de muertos en el mundo, desde que el mundo es mundo, fue causado siempre por culpa de algún dios verdadero) produjo más muertos que cualquier seísmo; la situación de África y sus hambres, sus sidas, sus muertos por causa de las riquezas que explotan nuevos colonialistas..., todo eso no interesa a nadie, nadie se siente solidario con ellos.

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