José Luis Pedrosa, marinero
''Creíamos que todo se acababa: nos iban a matar''
23/11/2009 - Manuel Jabois (Cangas)
A las tres de la madrugada del día 10 de noviembre de 1989 una treintena de hombres armados ametralló el casco del remolcador Cauderan, que había embarrancado semanas antes en la costa de Mozambique. «Nos despertamos acojonados pegando saltos por el barco», recuerda José Luis Pedrosa, un marinero de Cangas que compartía barco con Manuel Rivas, Felipe Hermo y José Manuel Alonso. Con ellos estaba Augusto García, el capitán del remolcador. Llevaban encallados un mes. Esa mañana, por fin, iban a regresar a mar abierto. «Nos miramos entre todos y pensé: ‘Llegó nuestro momento. Todo se acaba: nos van a matar». Los bajaron de cubierta a punta de metralleta: O venís con nosotros, o os dejamos aquí y os mata el Gobierno para poner vuestros cadáveres en nuestra cuenta, vinieron a decirles.
Así comienza el secuestro sufrido por cuatro marineros gallegos a manos de
Manuel Rivas, que era el jefe de máquinas, vive hoy en Poio. Evita dar detalles de aquel cautiverio. «No quiero volver a vivirlo, no me gusta hablar de eso», dice. Mantiene una relación fluida con Pedrosa, que se jubiló el pasado año, y quedan a veces con sus compañeros. Curiosamente, no hablan nunca de lo que pasó en aquella selva de Mozambique a la que miraban los ojos de España y Portugal (que intercedió en su captura) en los cuatro largos meses de su secuestro. Fueron liberados el 7 de marzo de 1990.
«Llegamos cerca de la frontera de Malawi, que es donde tenían el cuartel general. Comíamos lo que pillábamos: fruta y lo que fuese. Si parábamos en alguna de sus bases mataban a alguna gallina y nos la daban. Ellos se buscaban cosas solos, comían cosas tremendas. Ratas lo que más. Cogían una, le sacaban el ‘traje’ y la ponían a la brasa. Yo un día fui con uno a buscar algo que llevarnos a la boca, y ametralló a un mono: le quitaron la piel, lo echaron el fuego y lo comimos. ¿Que a qué sabía? Pues a mí me pareció un poco dulce», dice Pedrosa.
Tras un mes de caminata acabaron instalándose en la base central de la Renamo. Allí vivieron en pallozas y entre campos de entrenamiento en los que disparaban chavales. No hacían nada. El secuestro derivó en buen rollo, cuenta Pedrosa. «Ellos en el fondo estaban tan jodidos en la historia como nosotros. Y también sabían que no éramos gente guerrillera, y estaban tranquilos». En ocasiones se marchaban y los dejaban solos con ocho o nueve ametralladoras. Les daban catanas para que fueran con ellas a cortar leña para la noche. «Nos llevábamos bien», resume el marinero de Cangas.
«A nosotros nos dijeron que ellos no pidieron dinero. Si lo hicieron no lo sé. Dijeron que no. Que ellos querían llamar la atención internacional y demostrar al exterior que no eran un grupo de bandidos armados, como se decía». En la actualidad
Curiosamente, fue al final del cautiverio, cuando las negociaciones llegaron al final y se decidió poner a los españoles en libertad, el momento en el que Pedrosa y sus compañeros pasaron más miedo. Los llevaron a la frontera de Malawi, donde fueron recogidos por una delegación española que les puso un vuelo militar para Madrid días después. «Fue algo tremendo. Teníamos que cruzar un río enorme. ¡Qué travesía!». Pedrosa relata cómo, en el suave deslizar del cayuco en medio del silencio de la noche, se asomaban de repente los hipopótamos. Ni siquiera los guerrilleros, que les pedían silencio para no ser atacados por los animales, tranquilizaron a los marineros gallegos. «¡Qué hijos de puta! Se levantaban en el costado, se te quedaban mirando y volvían al agua. Y luego por el otro lado. Estábamos rodeados. Se levantaban de golpe bichos grandes como la puta que los parió».
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