Suavemente me mata con su canción
01/07/2009 - J. A. Xesteira
Afortunadamente para la alimentación de los Medios, en el verano siempre hay un muerto famoso que llevar a las páginas. Recuerden el año que murió Lady Di, en pleno agosto (cinco días después murió la Madre Teresa y casi no nos enteramos, en medio de tanto dolor universal por una lady muerta en noche de juerga). Elvis Presley también murió en agosto, unos años antes. Y ahora mismo, la muerte y su posterior rebufo mediático del cantante-y-otras-cosas Michael Jackson, cubre de sobras la cuota de muerte famosa para el verano. Jacko, como le llaman familiarmente sus fans, todos esos que se mimetizan y se visten y se sienten poseídos por el espíritu del cantante, murió como mueren los famosos de su estilo. Como murió Marylin, con sobredosis de cualquier cosa, y como murieron otros famosos que desbordaron el marco de su propia fama. Porque muertos famosos, y sobre todo en el mundo del espectáculo, más concretamente en el de la música hay docenas; basta mirar en la página de internet Dead Rock Star Club, donde están reseñados todos y cada uno de los músicos de todas las divisiones, con las circunstancias de su óbito. Pero ese cementerio virtual, como todos, tiene tumbas y losas para todos los gustos y clases sociales; así hay grandes pirámides para los faraones del ritmo y hay fosas comunes para los más tirados del coro. Como en todas partes, hay muertos ricos y muertos pobres, pero ello no quiere decir que la grandeza de su obra dependa del mármol de la lápida; los más grandes del santoral rockero, Hendrix, Morrison, Lennon, Joplin y esos cuantos más que usted y yo sabemos, no eran glamurosos, supermillonarios ni vivían en el lado Disney de la vida; su muerte, a temprana edad (casi todos andaban entre los 27 o 28 años, a excepción de Lennon, que era un “viejo” de 40), además, fue cortante, a droga y bala, con unas gotas de mala suerte por medio. Estos otros, los muertos-espectáculo, los que acumulan flores, velas, osos de peluche y disfraces, en un carnaval siniestro alrededor de su imagen, son especiales. Las diferentes iglesias del mundo inventaron hace siglos el negocio del santo. Se busca una figura con poderes especiales, que, además, son ejemplo para la Humanidad, modelo a seguir o personaje sobrenatural, los supermanes (las supergirls suelen ser menos) de las religiones. Con ello se consiguen muchas cosas: tener entretenido al personal, que saca en procesión figuras de escayola de San Apapucio, sube a la montaña donde Moisés dice que Yaveh le dio dos piedras escritas o se va a La Meca a dar vueltas a una piedra. El atractivo del personaje genera divisas, desde el humilde peto de ánimas o de San Benito en la capilla hasta el gran parque temático de San Pedro de Roma o Santiago Apóstol de Compostela. No es nada desdeñable el beneficio económico que hay que juntar al piadoso o ejemplarizante. En el mundo laico y farandulero sucede prácticamente lo mismo. Las figuras que un día fueron ídolos siguen atrayendo después de muertos a sus fieles devotos; los mismos que van al cementerio de la Chacarita a ponerle un pitillo a la estatua de Gardel, o al Pere Lachaise a fumarse un canuto ante la tumba de Morrison son los que visitan Graceland, el Vaticano de los seguidores de Elvis, el paradigma de la horterada. Y ahora pronto sucederá lo mismo con Neverland de Jackson, que será lugar de peregrinación, una especie de Torreciudad del opus musical. El gran negocio del muerto ya ha comenzado. Sus discos, que hasta ayer mismo daban tumbos por las tiendas de segunda mano, en el cajón de las rebajas, ahora se agotan, y si son de vinilo, mejor. Como si la muerte mejorara el sonido de “Thriller” o descubriera las virtudes intrínsecas de “Billie Jean”. Como suele suceder, en estas muertes, las de los más grandes, Elvis y Jacko, las familias se van a montar en el dólar. Y se abren nuevos capítulos para la especulación más delirante, como las diferentes teorías de asesinatos, falsas muertes (la alucinante teoría de que Elvis sigue vivo en algún lugar, comiendo sus bocadillos de plátano favoritos, puede sumarse a la que vendrá con motivo de Jackson). Como en el caso del Rey del Rock, la intriga se centra en las causas de la muerte; si en el primer caso se debió, según dicen, a un exceso de farmacopea (tomaba pastillas para todo, para ir y para venir, para subir y para bajar, para dormir y despertar…) que le volvió el corazón como blandiblub, en el caso de Michael Jackson la cosa está todavía en fase del CSI. Pero ya saltó la primera clave: el Demerol, un medicamento derivado del opio que su médico le administraba y que, mire usted por donde, aparecía en una de sus canciones. ¿Para qué más? Siempre ha habido una conexión, a poco que se busque, entre lo que cantan los famosos y su vida, como si nos estuvieran dando pistas premonitorias de lo que va a suceder por medio de sus discos. Michael Jackson habrá muerto de cualquier cosa que descubran, pero en realidad hace tiempo que viene muriendo; cuando era niño, con aquella nariz de mandinga y su gracia de cantante funky de la Motown, quería parecerse a Stevie Wonder, y cantaba como él (no es nada extraño, Wonder comenzó queriendo ser Ray Charles, hasta que descubrió su propio estilo, de la misma manera que Ray Charles quería ser Nat King Cole hasta que fue él mismo); más tarde fue afinando sus rasgos y a parecerse en lo físico y en la música a Diana Ross, a medida que se aclaraba su piel y sus rasgos desaparecían pasó de querer ser una diva del soul blando a parecerse a Catherine Deneuve, y en ese punto dejó de cantar (la actriz no era cantante, claro) Y ahora que quería volver a cantar, ya no tenía rasgos, su nariz se había esfumado, sus facciones dejaron de existir, y el increíble hombre invisible, simplemente desapareció. Seguro que cuando el médico llego a ponerle el Demerol, se encontró solamente con la ropa, el sombrero negro y la mascarilla de protección.
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