Es casi de precepto pascual que cualquier comentarista que se precie en estos momentos destile sus ocurrencias sobre el tema de la cumbre y sus locos seguidores, la cumbre refundadora, el nuevo Brenton Woods, la reinvención de la regulación de la economía global y otras muchas paridas como las que se han escrito y pronunciado a lo largo de estas últimas semanas. Allá, en Washington estuvieron los “geveintes”, que, como los tres mosqueteros, que eran cuatro, aquí son que ni se sabe, entre emergentes, potentes e invitados tangentes. Eran la tabla de la salvación de la crisis, que es un fantasma que recorre el mundo sin que nadie lo haya visto, como el hombre enmascarado; la psicosis de la crisis está ya instalada en cada ciudadano, mientras que los números de los dineros perdidos en los agujeros crece hasta cifras que no caben en las calculadoras, ni se pueden sacar por impresora. Los hombres de la cumbre son como la balsa de los náufragos, que recuerdan al cuadro de Gericault, “La balsa de la Medusa”, con esos tipos llamando a un barco en la lejanía, la esperanza de que todo se resuelva. Y todo se resolverá, porque las cosas de los patacones siempre acaban arreglándose, lo único que no tiene arreglo, decían los viejos, es la muerte, y aún así, ¿quién sabe lo que pasa más allá de las boqueadas? El caso es que, de una u otra manera todo se arregla de aquí a unos meses, y, además, con la bolsa disparada para arriba como un fuego de lucería (si no, al tiempo) y sin que nadie sufra el más mínimo castigo por su avaricia y su delito de estafa continuada ante la impasividad de los gobiernos, bajo el manto protector del liberalismo y el libre comercio que, decían, lo regula todo, los precios, por la ley de la oferta y la demanda. Nunca se ha visto que hayan bajado los precios cuando la demanda decaía, porque, en realidad, lo que regula los beneficios es la movilidad de las empresa, el beneficio inmediato y la explotación del ser humano tercermundista como mano de obra esclava (los amos y capataces están más cerca de usted de lo que usted piensa, y sus productos puede que los haya comprado usted y, por encima, esté encantado de haber comprado tan barato). Así que estos balseros de la esperanza, muy distintos de aquellos que salían al Caribe tiburonero pensando alcanzar un mundo mejor, o al Atlántico africano por lo mismo, son los que nos rescatarán de los males que el sistema ha producido. Los tipos son dignos de un estudio: fíjense en sus zapatos, están brillantes, como si tuvieran un limpiabotas de guardia dale que te pego betún; los trajes, clónicos, y las corbatas asesoradas debidamente por los expertos estilistas que no deben faltar en el séquito de un líder que se precie. Pero lo más aterrador es la sonrisa; todos sonríen, unos mostrando el marfil al completo (caso de Berlusconi, que presenta un teclado de cuatro octavas sin teclas negras) otros, más comedidos (Zapatero nunca se atreve a abrir la boca y Sarkozy semeja al Jocker de Batman despintado, Ángela Merkel suele ser la discreción sonriente y Brown sabe que lo suyo no es hacer gracias). Pero lo inexplicable es que se ríen, y no sabemos de qué. Suele pasar en todas las cumbres, que el fotógrafo los pone a tiro y, como acto reflejo, sonríen, cuando generalmente, sus reuniones son más bien de todo lo contrario, de echarse a temblar. Por eso renuncié a escribir de los resultados de la gran cumbre, de la despedida del Señor de la Guerra. Expertos hay que lo analizan mejor que yo. Lo que me trae preocupado es otra cuestión, a medias entre el arte y la economía. ¿Recuerdan a Roca, aquel conspicuo organizador urbanístico de Marbella, el que tenía en su mansión, además de caballos cartujanos y otras maravillas por el estilo, una colección de obras de arte de todos los colores y precios?. Pues bien, acaban de descubrir la semana pasada en unas naves de un amigo de Roca 400 obras más, pertenecientes al cerebro del caso Malaya, cuadros, litografías grabados, dibujos, todo de calidad. Hasta ahora la Policía se incautó de 800 obras de arte de primera calidad, desde Picasso hasta Miró, pasando por Tapies y similares. Con menos comenzó Von Thyssen su imperio (me refiero al artístico, que lo comenzó con menos cuadros, en lo económico ni me meto, que cada magnate comienza por el delito que le venga más a mano). De todo eso se deduce que hay que poner en libertad a Roca por el bien del arte. Un tipo que es capaz de juntar en un galpón 800 obras de los grandes maestros contemporáneos merece que el Estado le convierta el galpón en un Guggenhein (a lo mejor incluso el mismo Roca podría construirlo si le dan la licencia). El arte lo necesita, porque, tal y como están las cosas, sólo los delincuentes tendrán acceso a las obras de todos los artistas consagrados o que están a punto de salir de las escuelas de bellas artes para consagrarse un día de estos. Así se explica que en los museos de arte contemporáneo sólo se puedan ver performances, instalaciones, artes efímeras, videoproyecciones, cosas que cualquier puede hacer con un poco de maña y pegamento, porque sólo podrán sacar unas perras de ello convenciendo a un concejal o a un consejero, que maneja cuartos públicos. Pero lo que quieren los artistas de verdad es que le venga alguien y le compre su arte, aunque sea un delincuente urbanístico. A un pintor amigo mío se le presentó una vez un tipo en su estudio y le dijo que tenía que comprarle un cuadro, porque tenía una lista para comprar arte y él figuraba en la lista. Pero mi amigo no tenía nada pintado en aquel momento, sólo un viejo boceto pintarrajeado que se llenaba de polvo en un rincón; pues ese, se lo firmó, pagó el otro y se lo llevó, no sin antes tacharlo de la lista.
19/11/2008