Espérame en el cielo
19/10/2008 - Josemaría Picallo
O sea que no es seguro. O por lo menos no lo es para el señor juez Garzón que ha solicitado al Registro Civil el acta de defunción del general Francisco Paulino Hermenegildo Teódulo Franco Bahamonde, militar con graduación, natural de Ferrol e hijo de Nicolás Franco y Salgado de Araujo y de María del Pilar Bahamonde y Pardo de Andrade, descendiente, a través del séptimo Conde de Lemos y su esposa la condesa de Villalva, del rey Manuel I de Portugal. Un servidor, como todos los españoles sin excepción, creíamos que Franco había muerto hace 33 años, concretamente un veinte de noviembre y que estaba enterrado en el Valle de los Caídos. Pues no es del todo cierto. No señor. A lo mejor quien esta enterrado en la Abadía de la Santa Cruz es un sosias, un doble del caudillo que aun vive tan pancho en el Pazo de Meirás a la espera de que la conselleira de Cultura de la Xunta aperture el pazo al publico. Puede ser. De hecho, el juez Garzón en el auto de su “Proceso contra el franquismo”, cuando pide que se le entregue en el plazo de diez días el certificado de defunción, no debe de estar muy seguro del transito y deceso del militar ferrolano. Y es que esto del auto del señor juez se parece mucho a aquella película española de finales de los ochenta, dirigida por Antonio Mercero, que interpretaban José Soriano, Chus Lampreave y un magistral Sazatornil, y que lleva por titulo “ Espérame en el cielo”, como la canción aquella de Antonio Machin. Resulta, en la película, claro, que Paulino Alonso es un hombre casado, sencillo y honrado que regenta una ortopedia. De repente, un buen día es secuestrado por los servicios secretos del régimen por su enorme parecido con Franco y es enclaustrado en los sótanos del Palacio del Pardo. Su secuestrador era un tal Sinsoles, una especie de ministro de propaganda del régimen, que lo entrena para que se convierta en el doble del caudillo y lo sustituya en aquellas visitas de cierto riesgo y peligrosidad. En el Pardo se le enseña a Paulino a hablar, caminar, saludar y comportarse como el mismísimo Franco, lo que el pobre Paulino, resignado, consigue rápidamente. Su mujer y sus amigos, creyéndolo muerto, tratan de conectar con él a través de sesiones de espiritismo que no dan resultado alguno. Paulino una vez listo y preparado se dedica a inaugurar obras y pantanos y a recibir embajadores y cartas credenciales. Pero se aburre miserablemente y echa en falta a su mujer, por lo que una noche se escapa en su busca y le cuenta todo, estableciendo con ella un sistema de comunicación a través de las imágenes del NO-DO. Y es que esto de enjuiciar al franquismo después de setenta y dos años es muy propio de aquel noticiero documental que se proyectaba obligatoriamente en los cines españoles y del que era principal protagonista Francisco Franco. Pero bueno, la decisión de sus señoría ahí esta y él sabrá la causa por la que abre una de las paginas más dolorosas de la Historia de España. Franco, no sé por donde andará. Pero, seguramente, y leído el auto, el general estará tarareando aquello de: Ya doblan las campanas/ Se llevan a mi amor/ Y en mi pecho hace nido la desesperación/ Espérame en el cielo cariñito adorado…./ Tarara- chis- pun. ¡Que país migiño!





