Mientras escribo estas líneas ignoro si los ojos azules de Paul Newman se han cerrado ya para siempre o están de camino para cruzar la raya que separa la vida de la muerte. La raya. Siempre me ha parecido curiosa esta representación del momento, o del punto en el que confluyen la realidad de un ser humano con la incertidumbre de un más allá del que nadie nos ha confirmado ni su situación, ni tan siquiera su existencia. La capacidad que tenemos para formular modelos ante lo que desconocemos sobrecoge tanto o más que el vértigo al ‘se acabó’. La desaparición de la faz de la tierra de Paul Newman, alguien a quien nunca conocí, no es un trance doloroso, pero sí está cargado de la melancolía que producen los adioses y del reconocimiento a alguien que, mientras se ganaba la vida se hizo un hueco en mi flaco entramado neuronal. De Paul Newman me quedan esos ojos tiernos y pícaros que me enseñaron a soñar , a enamorarme, a ver en el suelo la extensión del cielo, a engañarme, a sonreír y a seguir andando. Pero sobre todo le debo la certeza de que los chicos también pueden (y deben) ser tiernos. Eso no tiene precio. ¿Se le puede pedir más a alguien tan virtual como un actor? No sé si fue suya la intención de encandilarnos a las niñas con su mirada azul inolvidable o del director de la película, pero el mérito es suyo y el resultado, mereció la pena. ¡Qué tengas muy buen viaje, ojitos azules!
27/08/2008