Perfil de Franco Argibay

Al cormorán se le queman las alas


Etiquetas: reportaje, Franco Argibay, cormorán

03/03/2012 - Manuel Jabois (Pontevedra)

Nadie sabe qué hizo clic en la fastuosa inteligencia de Manuel Franco Argibay. Pero sí se sospecha cuando el abogado pontevedrés, socio del primer narco de España, José Antonio Pouso Rivas ‘Pelopincho’, empezó a cruzar la raya. Fue en un viaje a Badajoz a finales de los noventa a liberar a un par de traficantes de droga. Lo llamaron el viernes, los sacó del calabozo y el domingo los subió en coche a Galicia.

 

Una operación ‘made in Franco’ habitual. Rapidez, inteligencia y osadía. Lo había hecho cuando saltó a la fama en verano de 1996 en el caso del crimen de Rande, cuando un hombre mató a otro alentado por su amante, esposa de la víctima. Fue condenada ella, pero no él, y Franco Argibay le consiguió la custodia de la hija a la familia del muerto. De su talento como abogado da cuenta el ‘caso Téllez’, aquel futbolista que salió del Pontevedra para el Alavés. El club le pedía quince millones de pesetas al equipo vasco, pero nadie daba un duro porque ganase el caso: la directiva había dejado de pagar al jugador y éste, al ver incumplido el contrato, lo rompió unilateralmente.

 

«¡Que venga quien sea, pero si no lo ganamos, no pagamos!», exclamó un directivo. Y apareció por la puerta de la sede de Benito Corbal un chaval delgado, fuguillas, de nariz grande. Ganó el caso Téllez además haciendo historia: sentó jurisprudencia a la manera del caso Bosman. Por el asunto se negó a cobrar, pero a cambio se quedó en el club asesorándolo jurídicamente. Ya entonces tenía su famoso Ferrari rojo. Eran los años del pujante abogado de familia humilde que salía de copas, paseaba novias sudamericanas en el coche y abandonaba su despacho del barrio de A Seca, encima del garaje en el que su hermano arregla coches y motos, para instalarse en el centro de la ciudad, encima del Blanco y Negro, la terraza preferida de Mariano Rajoy.

 

En A Seca Franco asesoraba compras de terrenos y allí fue donde hizo un par de operaciones con una afamada constructora de Pontevedra. De aquel negocio salió el Ferrari y también la recomendación de sus servicios a una cierta jerarquía pontevedresa. Manuel Franco comenzó a labrarse un prestigio y a ganar dinero, una obsesión que se convirtió en veneno. «Franco, por un duro, vende a quien sea. No he conocido a nadie al que le guste tanto el dinero. Es una auténtica devoción», dice un viejo amigo. Lleva esa pasión al extremo de la racanería. Del cerebro de la red de blanqueo de Pelopincho, a quien se le atribuye una fortuna de 65 millones de euros, se dice en Pontevedra que no invitó jamás a un café.

 

Esta semana se sentó en el banquillo por uno de sus problemas habituales: la estafa a una familia a quien le puso los pisos a nombre de sus sociedades para devolvérselos después. No lo hizo, y ahora le piden catorce años de prisión. Por blanqueo de capitales, la famosa Operación Cormorán que sacó a la luz las mansiones, pisos, joyas, cuadros, flotas de coches lujo y barcos por valor de 36 millones de euros a nombre de amantes brasileñas y familiares de Pelopincho y el propio hermano mecánico de Franco Argibay, le cayeron tres meses y una multa millonaria que cambió por un mes más en prisión.

 

«Manuel me llevaba los papeles y lo que él decía iba a misa», dijo hace unos meses en la Audiencia Teresinha de Jesús, una de las novias de Pelopincho, que tiene ocho hijos entre sus distintas mujeres. Franco Argibay fue, junto al narco, el gran ausente del macrojuicio de la Operación Cormorán que reunió en el banquillo a una treintena de testaferros de la fortuna amasada con la venta de drogas por la trama de Pouso Rivas. «Mi padre vive de las putas», dijo allí la hija de Pelopincho. Una de esas prostitutas contó en el juicio que ella era millonaria porque sus servicios sexuales eran de lujo. Comía, explicó, caca.

 

Franco Argibay estaba entonces en busca y captura. Decidió echarse al monte cuando fue detenido en el marco de la operación contra el blanqueo de Pelopincho. Desapareció cinco años para evitar, por lo visto, una condena de cuatro meses. Sus allegados cogieron dos millones de euros, los metieron en bolsas dentro de un carrito del supermercado, y aparecieron en el pequeño juzgado de Caldas de Reis para pagar la libertad condicional. Franco salió de la cárcel tras seis meses dentro y voló.

 

La desaparición engrandeció la leyenda. Se llegó a decir en Pontevedra que se había operado el rostro. Pero en octubre de 2011 fue detenido en Aravaca, cerca de Madrid. El pelo encanecido. Un corte de traje impecable al presentarse en la Audiencia el pasado martes. Lo esperaban, tantos años después, los periodistas de su ciudad, pero Franco Argibay montó el número para que no se le fotografiase esposado: salió de espaldas del furgón con una montaña de papeles sobre la cara. Después, más tranquilo, pudo ser objetivo de la cámara mientras declaraba. Ha ajustado su personalidad excesiva y embaucadora. Sigue siendo un gran orador y, por lo visto con sus víctimas, un seductor implacable: todos le firman lo que él les pone delante con sonrisa letárgica. Y acaban todos en el juzgado.

 

«Franco Argibay dio palos a todo el mundo. Pero a todo el mundo. A quien lo conoció, lo estafó. No hay manera de que no te robe nada. Se lo ha hecho a las personas más íntimas, a gente que podía ser de su familia. Cuando hay un billete en medio Franco no conoce ni a su padre», dice un antiguo amigo de él, también engañado. Hace meses se descubrió en su documentación incautada un intento de estafar a Pelopincho diciéndole que podía untar al juez de la Operación Cormorán por 230.000 euros.

 

Del despachito de A Seca al del Blanco y Negro, y de allí a un chalé que se hizo construir en Lourido, frente a la playa, de donde salía cada mañana con su Ferrari. En la casa vive ahora su esposa cubana, Natividad Laborde, y tres hijos pequeños: a dos de ellos, entre otros familiares, le ingresó en sus cuentas más de un millón de euros que Pelopincho tenía escondidos en metálico y Franco puso en circulación bancaria. Nadie responde en Lourido cuando se llama. Laborde dijo en el juzgado que la casa, a su nombre, fue un regalo que le hizo Franco. En el sótano el abogado montó una discoteca en la que se organizaban fiestas antológicas.

 

Abogados que lo trataron dice que tarde o temprano iba a ocurrir porque en su naturaleza se imponía siempre la traición y el dinero. Su osadía, dicen, fue excesiva. Ha pedido la absolucion y, si se le condena, libertad provisional para defenderse ante el Supremo. Al cormorán se le están empezando a quemar las alas. «Soy inocente, he venido a decir la verdad, soy consciente de mis errores y creo en la Justicia de este Tribunal», dijo en su alegato final en la Audiencia antes de ser conducido de nuevo a A Lama. Antes, su madre le pidió permiso al juez para ir a darle un beso a su hijo. “Aquí no, señora”. El brillante Franco espera sentencia.

 

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Manuel Franco Argibay, durante el juicio por el que se le acusa de estafa. javier cervera-mercadillo
Manuel Franco Argibay, durante el juicio por el que se le acusa de estafa. javier cervera-mercadillo