Nóvoa, ceniza y polvo


Etiquetas: Manuel Jabois

26/02/2012 - Manuel Jabois

▶ Murió morriñento, lejos de su Armenteira, y como artista en la ciudad que lo vio arder y resucitar de entre sus cenizas. Pintor universal y genio de la creación, la muerte de Leopoldo Nóvoa es también la extinción definitiva de un tipo de artista del siglo XX que trotó América para aterrizar en el París agitado que muchos soñaban y pocos vivían. Si Duchamp llevó a a Estados Unidos aire francés metido en una bola de cristal, Nóvoa recogió las raíces de la tierra gallega y las plantó, paseniño, en los talleres de París. 

En sus últimas conversaciones telefónicas añoraba volver a Galicia en verano y disfrutar de los huevos fritos con chorizo, porque en Francia, decía, no se freía. Pero no sobrevivió al invierno y murió ardiendo despacio, convirtiéndose poco a poco en la ceniza de su obra perdida en París; la misma que recogió en bolsones para construir con ella sus nuevos cuadros; el polvo en el que poco a poco se está convirtiendo ya Leopoldo Nóvoa. 
Nació hijo de un diplomático que le enseñó América de niño, a donde acabaría volando una y otra vez, entre otras razones para evitar la llamada a filas de Franco. Para entonces la única guerra de este vecino de Salcedo era ya la de la pintura, a la que fue fiel hasta quedarse exhausto. Fue un conversador «pico de oro» que acostumbaraba a escuchar y deleitarse con las palabras de sus amigos. Rehuía las multitudes y se concentraba en una disciplina violenta de artista que vivía en artista, sin dejar sospecha de esos «poetas de domingo» contra los que clama en Vigo Carlos Oroza. De él dijo su amigo Julio Cortázar que era parte de la fraternidad del piolín, como se llama el cordel en Buenos Aires y Montevideo (con París, la santa trinidad del exiliado): una fraternidad «innominada de artistas y poetas para quienes el piolín vale como signo masónico, como santo y seña sigiloso». Era la época en la que amarraba su arte a las cuerdas. Pepe Hierro, poeta de cráneo rocoso, dijo que su obra era fruto de un desencanto, de la «resignación de un espíritu lleno de gravedad». «Después de la guerra las mujeres daban a luz a más niños que niñas. Ahora nacen más pintores que gerentes y notarios», dijo Oteiza: «(...) En Nóvoa contempláis el trágico y plural conflicto de artista actual (...) Viajamos dentro de la ballena oscura del mundo exterior». Un íntimo, Onetti, lo hizo personaje de una novela. 
Leopoldo Nóvoa pasaba sus últimos tiempos en Galicia de homenaje en homenaje sufriendo la popularidad del artista que detestaba hablar en público («yo sé pintar», se justificaba). Ya no practicaba el tenis, deporte que le tenía en vilo, y por el cual echaba tardes enteras tirado en el sofá viendo partidos de más de cinco horas. En ellos, cuando la final era entre un Sampras y un chileno Marcelo Ríos, Nóvoa no dudaba: «Para qué quiere ganar Estados Unidos este partido si les va a dar igual, y cuando gana un chileno, o un uruguayo o un argentino, allí es fiesta nacional». Era un cocinero extraordinario de asados y pasta, entre otros platos, y gustaba de reunir a la mesa a su gente y pasar las horas. La consagración le había dado exactamente igual porque ya era un gigante cuando el fuego devoró sus cuadros en aquel taller de París en 1979, y sabía para entonces que en cuestión de segundos todo podía derrumbarse con un soplido de viento: el mismo que llevó sus cenizas por el mundo adelante. 
Uno de sus cuadros, Elegía, ejemplifica el sentido pesaroso de la vida: lo blanco con una cruz simbolizando a Dios y unas escaleras que llevan al futuro; lo gris con unas escaleras rotas y una cruz recta, aún con fe, y lo negro con la cruz del revés, sin escaleras a ninguna parte: su visión de la sociedad. 
En Armenteira, lugar gallego elegido por él para combatir la morriña (estaba enamorado de Raxó, pero no encontró parada), compró dos casas y una cuadra. Tenía que ser la casa de un artista, así que la pergeñó con ayuda de su amigo Celestino García Braña. En una discusión sobre cómo tenían que ir las escaleras, los dos acabaron pidiendo opinión al obrero: «A min non me pregunten, que sodes vós os que traballan coa estética». 
Nóvoa murió en París, quién sabe sin con aguacero, como Vallejo. Genio de salidas imprevisibles, cuando estaba de malas era mejor que cuando estaba de buenas: ¿Qué hago hoy? -le preguntó un día una discípula. 
-Ponerte ahí, donde no jodas.

5'0 (5 votos)

valorar_registrado


Acceder Crear usuario

valorar_propios



valorar_valorado



¿Comentas?

comentarios_interesa guía de comentarios.


Acceder Crear usuario

co_explica





captcha

Cambiar por outro


co_pouco_html
co_etiquetas_html