Desde allí mismo parece llegar toda esta pléyade de deportistas que durante estos días nos dejan asombrados con sus registros, sus capacidades y sus infinitas posibilidades a través de diferentes disciplinas deportivas. Desde Michael Phelps hasta Usain Bolt, pasando por nuestro Rafa Nadal o Gervasio Deferr, hasta los nombres más desconocidos de los deportes más curiosos y que son capaces de engancharnos ante la pantalla de nuestra televisión, el olimpismo, nacido en esa ciudad del Peloponeso, sobrevive a tantos y tantos siglos y sitúa al deporte en el centro de la actividad mundial, aunque ello vaya en perjuicio de miradas tan necesarias como las que deberíamos centrar en los crímenes en Georgia o el olvido de las más elementales normas democráticas en la propia China, ahora cubierta de oropeles y palmaditas del mundo entero. Las ocho medallas de oro del nadador americano o el asombroso récord del mundo del corredor jamaicano dejarán grabadas en nuestra retina y en los libros de historia deportiva cómo el ser humano es capaz de superarse a sí mismo, de ir década a década progresando en la consecución de nuevos logros, mientras, por otros lados de nuestra sociedad, el agua inunda nuestras conciencias con imágenes perturbadoras de madres que se llevan las manos a la cabeza entre gritos desesperados porque se han llevado a sus hijos. Sus medallas eternas. Su vida.
17/08/2008