El hombre invisible

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  • Jueves 20.11.2008

El hombre invisible


Arturo Ruibal.

En la verbena de la Paloma hay un tipo que quiere lanzarse desde el Viaducto y, tras mucho rogarle, logran convencerle para que desista a cambio de salir en televisión, “que sea en Operación Triunfo”.Una hora después toma vermú de grifo a mi lado, se vuelve al paso de una mulata y maldice al Ayuntamiento; o sea, que el incidente no ha afectado sus meninges. El cronista gusta de estos ambientes populares donde ya no hay modistillas ni honrados cajistas, los suicidas quieren ser estrellas del “prime time” y Don Hilarión no es boticario sino concejal. “¿Qué pasa con Casta y Susana, por qué no las citas?”, me dice Carla mientras se ajusta el clavel que adorna el piercing de su ombligo. “Ah, pero ¿todavía hay castas?”, se entromete un correveidile. “Castas no sé, pero gilipollas seguro que sí”. Amago de alboroto que termina con dos copas de chinchón bien servidas. En las tabernas de la zona hay bastantes enterados, lo que origina animados debates sobre la coyuntura. “La cosa anda mal, pero Madrid está desierto: o se han ido a la playa o están encerrados en su casa por mantener las apariencias”. Una rubia con ganas de bronca propone a los presentes trasladarse al pazo de Meirás, “que debe estar fresquito”, y el cronista medita unos instantes antes de intervenir. Al fin lo hace para corregir algunos errores muy repetidos esta temporada: a saber, que el Pazo no fue regalado a Franco por los coruñeses sino pagado con un día de haber por todos los funcionarios residentes en Galicia y, como tal cantidad no bastase, con un prorrateo entre los ayuntamientos para que éstos aportasen lo restante. Ésas son historias más susurradas que publicadas, pero nadie parece saber que la esposa de Franco, en sus frecuentes razzias por monumentos, joyerías y tiendas de anticuarios, fue trasladando a Meirás multitud de obras de arte, alguna tan voluminosa como la magnífica escalera que recibía a los visitantes en la pontevedresa Casa del Barón; aprovechando las obras para transformar ésta en parador, hizo ver Carmen Polo que la escalera le gustaba y, naturalmente, le fue llevada hasta Meirás, donde continúa (¿cuándo le será reclamada?). Más: en el coruñés palacio de Cornide se hallaba el conservatorio de música, pero hicieron ver al Ayuntamiento que el local era inapropiado y finalmente el Alcalde ordenó trasladar las clases a un piso. Vacío el palacio, fue sacado a subasta, que ganó Barrié de la Maza para regalarlo de inmediato a Franco. En él deben estar, si no se han vendido, dos esculturas del Maestro Mateo que antaño figuraron en el patrimonio de la catedral compostelana y después estuvieron en un palacio, donde los “capturó” la Caudilla. “Tranquilo, que eso pasó hace mucho”. Carla quiere evitar que me excite, pero no es fácil contenerse al recordar que treinta camiones cargados de objetos salieron del Palacio de El Pardo en las noches anteriores a la muerte del Dictador; iban escoltados por la Guardia Civil y sólo el jefe del destacamento sabía que serían embarcados hacia un país más seguro, pues sus usurpadores estaban seguros de que aquí, con la Democracia, se les exigiría cuenta de todo lo robado; nunca imaginaron que Carmen Polo sería ennoblecida por el Rey con el Señorío de Meirás y que su hija recibiría el Ducado de Franco. Nuestros jueces importantes han tenido en ellos, y en otros de su cuerda, una magnífica oportunidad de hacer justicia, pero supongo que estaban distraídos con delincuentes de otros países. Los parroquianos han escuchado mi perorata en silencio y yo comprendo que me he excedido, que la memoria es mala consejera. Pero una voz rompe el silencio: “¡Una de gallinejas para el caballero y vino para todos, que yo pago!” Maldición, las gallinejas; mas no hay que defraudar al pueblo, que por algo tiene la razón histórica. Alguien, envalentonado, cuenta que la Infanta Cristina y Urdangarín pasaron unas vacaciones en la casa que los príncipes de Holanda tienen al sur de Mozambique; sería normal, añade, si no se dijese oficialmente que habían ido a colaborar con una oenegé, a la que visitaron un día en su campamento, y claro, de eso a colaborar media un abismo. Como percibo que el ambiente se enrarece, que alguien inicia a media voz los compases de “A las barricadas”, hago desaparecer a Carla y me reúno con ella en un polideportivo municipal. Vaya, está cerrado por vacaciones; será que Gallardón y sus concejales, todos bien tostados en playas y piscinas lejanas, no consideran que el pueblo de Madrid tenga derecho a bañarse y hacer flexiones. Como decía una marquesa, ¿para que ofrecer piscinas al populacho, si las llena de pis? Por la ciudad cruza una obsesión que tiene mucho de infantil: la gente quiere ser invisible, ahora que los científicos yanquis han descubierto esa posibilidad. Se rumorea que por calles y casas anda un ser que ni absorbe ni refleja la luz, que come, sufre y ama sin ser visto; en las noches de canícula se oyen sus lamentos, estremecedores, y desde el entorno de Montilla se ha insinuado que es el espíritu anticatalán de Zapatero, aunque otros aseguren que es el eterno habano de Rajoy crepitando en su hoguera de hereje. En la alta noche me confía un músico callejero que ni lo uno ni lo otro, que el invisible ser es el hastío de una España que se acostó rica y se levantó pobre, que ve cómo sus territorios se pelean por los despojos de la crisis mientras los pícaros descubren la ventaja de situar a políticos al frente de las empresas para conseguir contratos y capear la ruina. Qué bostezo.

16/08/2008

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