Todos mienten

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  • Jueves 20.11.2008

Todos mienten


Etiquetas: J. A. Xesteira

J. A. Xesteira.

La olimpiada china acaba de marcar un punto de no retorno, la esquina en la que pasamos a caminar por otra acera. Parece que estaban esperando todos para meter al mundo en otro paisaje.Se anunciaba que la maravilla olímpica, ese entretenimiento caro y universal arrancaba con protestas sobre Tibets, reclamaciones sobre derechos humanos que estaban muertos en el gigantesco país organizador y otras cosas por el estilo, entre las que se incluían las matanzas no tan lejanas de Tianammen o el siniestro título de país con más ejecuciones del mundo (por el sistema radical de tiro en la cabeza). Pero todo eso se olvidó con la fastuosa celebración de la ceremonia inaugural, un prodigio tecnológico, una demostración de esa dirección de masas organizadas y una exhibición de poderío. Una ceremonia que sólo podría haberse desarrollado así en China, porque ahí estaba incluida una planificación vertical de arriba hacia abajo: el Estado impone y decide, da lo mismo lo que cueste, el dinero público no necesita justificantes; dan lo mismo las docenas de familias que hay que desahuciar para construir mamotretos arquitectónicos. Sólo las órdenes desde lo más alto no se discuten. Se gasta lo que haga falta y se desprecian los elementales derechos humanos que hagan falta. Una olimpiada así no podría llevarse a cabo en otro país; en la próxima de Londres, para mover una excavadora, posiblemente haya que aguantar unos cuantos pleitos de los propietarios del terreno, de los afectados por los ruidos o miles de pequeños derechos que se reclamarán en los tribunales. En China es más fácil, uno manda y millones aguantan la orden. Y allí, hipocritamente, los dignatarios del mundo, sonreían mientras desfilaban centenares de competidores, saludando alegres, sudando y haciendo fotos con sus teléfonos y cámaras digitales. Y sobre aquel enorme estadio, aquel bombón gigante relleno de sudor, flotaba una evidencia: todos mienten. La primera mentira es la propia esencia olímpica, toda esa coña hipócrita de la pax olímpica y el juego limpio, la transparencia y los buenos deseos de los comités internacionales, el espíritu deportivo de los participantes, el Citius Altius Fortius y toda esa rutina heróico-deportiva estilo Carros de Fuego con música de Vangelis. Es falso. Los comités olímpicos, aún sin dudar de su honorabilidad y su alteza de miras (que sí dudamos) siempre miran hacia otro lado y evitan compromisos y condenas a los países anfitriones. Los países participantes y sus representantes sonríen desde las tribunas de honor y su sonrisa refleja los deseos de hacer negocios con el gigante asiático, potencia productora y, sobre todo, consumidora de aquí a poco. Los deportistas también mienten, no sólo con posibles ayudas dopantes de última generación, que a lo mejor ni se descubren, sino porque saben que están en el escaparate, se están vendiendo sus resultados, que son el objeto del deseo de las marcas de zapatillas y camisetas, que les pagarán fortunas por sus anuncios, que son los subvencionados por sus países o por los patrocinadores, ya sean refrescos o compañías de seguros. Todos pelean por lo mismo, por dinero o por poder, el espíritu olímpico es el disfraz, la seda de la mona. La Olimpiada es un gran negocio, y todos los comités rezan para que no se les suba al podio un poder negro con guante como la histórica foto de México y aquellos dos atletas negros que se jugaron su futuro a cambio de su dignidad como personas. Los cuatro millones de personas que por lo visto han visto la inauguración, un bello espectáculo de músicas, tecnología y fascinación de efectos especiales, no se enteraba de lo que estaba por detrás del escenario. Mientras las cámaras enfocaban a Putin y Bush sonriendo felices en el estadio, por la parte de atrás comenzaba una guerra nueva, a estrenar, en el Cáucaso. Debe ser cosa de montes, primero fueron los Balcanes con sus miles de muertos sin justificar, sus asesinos capturados poco a poco (por cierto, en las viejas fotos de la guerra balcánica, Karadzic sale sonriente con los generales de las tropas de la OTAN, sonríe también al darle la mano al presidente americano; todos miraban hacia otro lado, todos mentían); tambien hace unos meses fueron otros montes, en el Himalaya, donde apalearon a unos cuantos monjes mientras todos miraban hacia la antorcha olímpica y el negocio que se monta a su alrededor. Pero ahora es Georgia y Osetia del Sur. Y ahí, la mentira y el disimulo vuelven a lucir como si fueran cosa nueva. Putin demuestra que, por encima de la democracia los hábitos de Rasputín siguen vigentes: él es quien manda. Los ejércitos ruso y georgiano se enfrentan con armas fabricadas en el mismo sitio (la marca registrada Kalashnikov es la única verdad universal, sirve para todos). Y los demás amagan: Bush, con un pie en la jubilación amenaza de mentira, con la boca pequeña, total, a él se la trae floja, también él invadió paises, bombardeó a civiles y, además, ese ya va a ser un problema para el negro que viene detrás. Negocio redondo. Mientras siguen muriendo los mismos niños, mujeres y civiles de todas las guerras, en medio de grandes aspavientos de cara a la galería política. El mundo, una vez más, es un escenario en el que actúan locos y borrachos y los espectadores se va muriendo poco a poco sin poder hacer nada. Solo les queda ver la televisión y emocionarse con los atletas subidos en los podios. Las medallas también son de mentira, no son de oro.

13/08/2008

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1 comentario

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#1 Por SOUSAPOZA 15-08-2008 07:32

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Tranquilo, Xesteira, tranquilo.


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