Justo antes
13/02/2012 - Adrián Rodríguez
Paso junto a la librería del salón y hago como que no miro, que no se lo crea, que no sepa lo que estoy pensando. Llevo así varios meses, cumpliendo una promesa que por momentos me parece brillante y por momentos me parece absurda: uno al año, solo uno. Hay que dosificar al autor. Que dure. No quiero morir de sobredosis literaria y aún me quedan muchos inviernos en el sillón orejero. Pero este caso es diferente a los otros: es una obra fundamental, la referencia absoluta, aquí fue donde empezó todo. No habrá más como esa. Ya no. Han quedado atrás ‘Conversación en la Catedral’, ‘La Fiesta del Chivo’ y ‘Pantaleón y las visitadoras’. Es el último ocho mil en el cajón. El resto, lo que quedará después de acariciar la contraportada a modo de despedida, es importante, pero el Everest no se escala todos los días. Así que a veces sucumbo y me doy un pequeño placer: lo cojo, lo acaricio, lo huelo, paso las páginas, leo una frase al vuelo, dos, lo vuelvo a dejar en la librería. Que no se encariñe, que luego va a ser peor. Me siento friki, allí de pie, incluso escribiendo esta columna que es casi de autoconsumo. Pero me da un poco igual a estas alturas. Es hora de ponerse serios: 2012 está inmaculado y la tontería de haber dejado pasar mes y medio ya no tiene gracia. Empiezo ‘La ciudad y los perros’, de Mario Vargas Llosa. Se ruega no molestar. Quedan avisados.
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