La cuesta interminable
08/01/2012 - Manuel Jabois
-Quien anda pachucho es Isaac.
Me lo decía hace un par de meses un compañero de viaje en carretera paralela: Gonzalo Adrio. El abogado pontevedrés se rumiaba el final de Díaz Pardo mientras por su piso de Rosalía de Castro, esa vivienda que contiene en sus archivos buena parte de la historia del socialismo y republicanismo gallego, andaba buscando fotos aquí y allá de los tiempos estériles, cuando de los aledaños de la República brotó, como una enredadera salvaje, la locura del fascismo. «Le hicieron una buena jugada, y él no lo merecía”, musitó Adrio cerrando la puerta al visitante, y quién sabe si rumiando después, ya para sus adentros, las cosas del siglo que les tocó vivir a él y a tantos como él, incluso los que no lo pudieron vivir. Murió Díaz Pardo esta semana y, en el entierro, Avelino Pousa Antelo, de 97 años, se preguntaba quién iba a cuidar de él. De Pousa Antelo, se entiende.
¡Qué invierno! La cuesta de enero era tradicionalmente un puerto de tercera tipo Cobian Roffignac, que se subía parándose en los escaparates no para coger aire sino para comprarle frutas a Nieves, pero este año la cosa degenera directamente en Vigo, donde la calle se sube con oxígeno. En eso pensaba yo mientras veía llegar al Ayuntamiento a los camellos de los Reyes Magos y uno de ellos, de pronto, comenzó a intentar darle coces a Sarandeses y a perseguirlo por Michelena adelante. Nuestro hombre parecía por momentos metido en uno de esos vídeos que despachaba Alfonso Arús antes de desprenderse de la peluca. No le azotó el caballo, así que se seguirán organizando fiestas en Pontevedra, pero a mí me dio por pensar que lo mismo subido a uno de esos camellos se hace enero más corto. Mi tío tenía uno que le desobedecía en los inviernos de la playa de Canelas y acabó dejándolo supongo yo que, para tener un camello del que caerse, mejor comprarse un potro de gimnasio y dejarlo en el salón. Ahora anda a vueltas con un loro que imita el timbre del microondas, el sonido del extractor y el mismísimo telefonillo: en esa casa no hay una ducha tranquila desde hace siglos.
Esto se contó en Nochebuena, día en el que cumplí por fin más de la mitad de la vida bebiendo. Diecisiete años, concretamente, uno detrás del otro sin remisión, como un camión sin frenos. Yo confesé que aunque oficialmente había empezado a beber a los diecisiete, en realidad me había desplomado en el pasillo a los quince, y mi primo me dijo al oído, cáustico: “Déjalo así, como los ghaneses”. Entré en casa cantando “varón pa quererte mucho / varón pa quererte bien” mientras los niños se abrazaban a mis piernas y yo los iba soltando improvisando un cancán. Alguien pidió la palabra para decir que no hay síntoma mejor de la madurez que llevar en la vida más años borracho que sobrio. Yo me limité a recordar la primera Navidad, cuando me até la corbata como si fuese un cencerro y mi tía me peinaba la gomina en el baño; llevaba una americana de papá que me llegaba a las rodillas: “Estabas para envolverte y dejarte bajo del árbol”.
No volví a salir en Nochevieja desde 2004, cuando un taxi me dejó a las puertas de casa el tres de enero vestido con una camiseta de baloncesto y un chaquetón de cuero que parecía haber robado a un negro de las casas baratas de Baltimore. El taxista le dijo a mi familia que me traía de Vigo, lo cual tampoco es tan raro, porque cuando en los afters de Pontevedra se produce la última selección natural, ésta es absorbida por Vigo: Vigo, por así decirlo, es como el primer equipo. Me recogieron en el portal, subí muerto de frío y me tumbaron en una cama donde pasé una resaca de tres semanas; a los cinco días pude erguirme sobre un almohadón de plumas y empezar a recibir amigos para desearles felices fiestas y regalarles puros.
Eran tiempos de opulencia. Ni siquiera se moría gente. Uno guardaba cierta compostura entonces y sobrevivía hasta finales de enero, como los cien días de gracia del nuevo año. Ahora las cosas están para morirse cuando toca e incluso antes. No hay mucho donde rascar. A lo mejor es una impresión pero a mí hasta me parecer ver menos perros, como si se hubiesen dejado de renovar. Uno patea desolado las hojas de los árboles de la Alameda y no se encuentra un chihuaha detrás, como antaño. No sé qué serían de aquellas cenas que organizaban los paseantes de perros en éste y otro parque; Pontevedra ha sido siempre una ciudad de colectivos, donde si coinciden dos en la cola del Froiz con camisa de coderas se crea, por ósmosis, la asociación de camisas de coderas de las colas del Froiz.
Aquí sólo permanecen los niños, que están a punto de conseguir el imposible de echar a las palomas de A Ferrería. Ayer tarde, con ese brote mínimo de sol, casi una señal crepuscular, les faltó empezar a cazarlas y colgarlas de los tendales de A Verdura a modo de aviso siciliano. Ferlosio dijo, en su éxtasis, que vendrán más años malos y nos harán más ciegos, pero en el fondo lo que nos están haciendo es más niños. Mejor así. También Díaz Pardo, entre las desgracias y la vejez, parecía haber encogido hasta los doce años, que es la edad que nadie debería cruzar.
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