Coincidieron el miércoles dos testimonios del horror: la televisión recreaba las últimas horas de Miguel Ángel Blanco (las que España conoció, al fin y al cabo) y la realidad devolvía a la vida a Ingrid Betancourt seis años después. Los dos fueron secuestrados por causas políticas, con un respaldo social (por leve que fuera el primero) detrás, y un discurso artillado sexualmente con la voluntad de acercar al gran público las bondades de la socialización del sufrimiento. Como se preveía, la ficción de Miguel Ángel Blanco fue un cambalache con dos prístinas intenciones: ganar dinero y revolverle el corazón a la audiencia de los mediodías. Estuvo allí luego su hermana evocando el pasado: es tal la fuerza del mito que le llamaba Miguel Ángel Blanco. Betancourt aguantó más el tipo que Antena 3: no apareció el cadáver comido por las moscas que se esperaba y sí una mujer firme entregada a Dios, si la firmeza es compatible con la fe. El secuestro de Betancourt y sus sucesivos ‘betancures’ siempre fue visto como una carnaza fresquísima, a pesar de la temperatura y las enfermedades. Lo era para Sarkozy, que prometió ir él mismo a buscarla (de liana en liana, con la Bruni al hombro). Lo era para Chávez, principal proveedor de las FARC, que quería intercambiarla por petróleo, inmunidad y frutos secos. A Blanco sus 48 horas le privaron hasta del vedettismo, hasta de ser esperanza de nadie: en el País Vasco no hay bosques tan grandes.
06/07/2008