Pepe Aguín
25/09/2011 - Adrián Rodríguez
Pepe Aguín fue mi master en urbanismo, aunque quizás sería más correcto decir que fue mi escuela de primaria, porque yo, de urbanismo, no tenía mucha idea. Tomábamos café dos o tres días por semana en el bar de Tolín (siempre pagaba él) y allí aprendí lo que era una licencia de primera ocupación, un bajo cubierta, un SU, un PEI, un PERI, un ARI y un montón de siglas todo por ahí adelante. En Sanxenxo se aprobaba el PXOM (más siglas) y no era cuestión de quedarse atrás. Pepe me enseñó a leer los planos y a comprender los pasos que debía dar cada desarrollo urbanístico. Él era el portavoz de la oposición y yo era un periodista que no llevaba ni un año con la grabadora a cuestas. Le guardo cariño por eso y por muchas otras cosas que me callo, y ese afecto se ha agrandado en los últimos días con el secuestro del ‘Mattheos I’. Su hijo Damián, Ñam, aún está en ese barco pero el cautiverio ha llegado a su fin. Durante once días Pepe, en vez de abrazarse a ese sentimiento tan español de echarle la culpa de todo al Gobierno, esperó junto al teléfono con paciencia. Sabía cómo se llevaban estas cosas. Su actitud de entereza y de rectitud, con la comprensión de quien, a otro nivel, ha tenido responsabilidades de gobierno, me ha impresionado. Ñam, su Damián, está por fin libre, y a mí solo me queda darle la enhorabuena. El profesor del master sigue dando lecciones. Pegado al auricular, con más tablas que un escenario. A su manera.
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