El buen verano
20/09/2011 - Manuel Jabois
Todos los años, nada más irse el último turista de las Rías Baixas, sale el sol de repente y nos dedica dos semanas de playa, como el patrón que libera a los camareros y reparte la propina. Este fenómeno insólito viene sucediendo desde hace algún tiempo y comienza a observarse con tanta simpatía en los pueblos como desconfianza en los visitantes, que se vuelven a Madrid a conectarse a la webcam de Silgar y disfrutar del verano de Sanxenxo desde La Castellana. En cuanto parte el último coche se asoma el sol de detrás de una nube y se va construyendo un pequeño verano, una estación mínima, con sus sombrillas y todo, dedicado a unos pocos. Las playas se ocupan sin estridencias, con espacios inmensos entre toallas, y si uno se separa del paisaje puede contemplar el verano sin turistas; un verano de andar por casa, con lugares insólitos para aparcar y sin colas en las tabernas. Estas temperaturas agosteñas se producen a menudo tras un verano de lluvia y nubes, por lo que los hoteles se vacían sin un mísero bronceado; es entonces cuando el turista se encuentra ya a la altura de Ourense y comprueba que en Galicia abre y que de alguna manera el sol se anda choteando de ellos. Suele contarse en Portonovo que una familia iba por Benavente cuando tuvo que dar la vuelta en medio de una tarde soleada y se encontró, al llegar al pueblo, con que se había adelantado de pronto el otoño tres días y se dio orden de atrasar la hora por una tormenta espontánea.
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