El primer avión de la mañana canaria será el último de una amarga temporada para el San Isidro: más larga cuanto más dura, infinita a nueve días para su conclusión. El equipo tinerfeño será el invitado principal a la confirmación granate, el rival a batir que tiene una historia más triste que contar.
Un punto será suficiente para que el Pontevedra certifique su sexta clasificación del siglo para una fase de ascenso. Pero el cuadro de Pasarón se encontrará con el campo demasiado lleno como para escatimar en su trabajo. Además, detrás del objetivo principal, la clasificación matemática para las eliminatorias por el cambio de categoría, siempre se esconde la meta secundaria, la pelea por una plaza ventajosa de cara al play off con el factor campo (segundo partido en casa) y el honor de ser campeón incluidos en el agregado de alicientes.
Y en ese contexto aparece la dramática historia del adversario insular, con muchos más contratiempos que narrar que los simplemente deportivos. El problema de base es que los profesionales cumplen su parte del papel, pero los administradores no pueden hacer lo mismo con la suya. Secos hasta las cejas (cinco meses sin cobrar), con compañeros que han debido desertar para poder dar de comer a su familia, descendidos hace mucho tiempo, con media docena de bajas por cuestiones disciplinarias y físicas, los supervivientes del Raqui, entre ellos el entrenador Toño Dorta, deben luchar contra un imposible en casa de uno de los más poderosos del grupo.
Es difícil imaginar que el Pontevedra no logrará la victoria que precisa para garantizar su segundo puesto y de tal manera se centrará en el miniobjetivo de limpiar de tarjetas amarillas a aquellos hombres apercibidos de sanción. Sin embargo, ni los juveniles que deberá desplazar el bloque insular, ni la falta de descanso que acompañará al equipo visitante harán menguar la desconfianza local hacia el rival, entre otras cosas porque es uno de los platos típicos de Galicia.
09/05/2008