Pre post
07/08/2011 - Adrián Rodríguez
Mi cátedra en síndromes postvacacionales me había llevado a dar conferencias por todo el país. Murcia, Mérida, Bilbao, Valencia. Precio económico. Nada excesivo. Soltaba mi charla, mis reflexiones. Creía que lo sabía todo sobre el tema: los factores decisivos, las soluciones y los trucos. Pero desconocía al enemigo. Lo descubrí en julio, casi por casualidad. Yo descansaba en una terraza incubando el síndrome de este año (2011 atacaba a dos semanas del fin de las vacaciones; venía fuerte el muy cabrón, espoleado por el cielo gris y la falta de playa). Liquidaba una tapa de tortilla cuando presté atención a la conversación a mi espalda. «Ya tengo el síndrome». Pobre, pensé, no sabe que a su lado hay una eminencia en la materia. «¿Síndrome? ¿Qué síndrome?», respondió su acompañante. «El síndrome prevacacional», dijo el primero, «en tres días me las piro». Casi me atraganto. ¿Qué era eso del síndrome prevacacional? ¿Qué inventillo de tres al cuarto? ¿Qué burda imitación? Me giré con la intención de volverle la cara con un guante a ese impostor, pero su sonrisa me desarmó. Fueron tres segundos de reflexión eternos, allí parado, como un tonto. ¿Y si el enemigo tenía razón? ¿Y si el verdadero síndrome era el suyo? Esa maldita sonrisa... Me cambio, dije al fin en voz alta. El año que viene me paso del post al pre. Rompo conmigo mismo. A lo loco. Y que sea lo que dios quiera.
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