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Ángeles Ramírez, costurera de Lérez 
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"Trabajar en casa era como una esclavitud, no tenía horario fijo"

Ángeles Ramírez, de 70 años y vecina de Lérez, empezó a coser en un taller de costura en la Praza da Verdura. Allí, junto a las hermanas Peso Cobas, aprendió el oficio cuando tan solo tenía once años. El proyecto A Memoria das Mulleres consigue acercar al público el modo de vida y las experiencias vividas por estas trabajadoras de Pontevedra. Esta costurera de Lérez acudió ayer al encuentro en la Casa da Cultura para profundizar y contar cómo fueron sus inicios en esta profesión.

¿Por qué empezó a interesarse por el mundo de la costura? ¿Por obligación o por que realmente le gustaba?

A mí lo que me gustaba era estudiar, pero en aquella época era lo que había. O ibas al campo o ibas a coser. Yo siempre le decía a mi familia que quería ser maestra pero, por múltiples circunstancias, no pudo ser.

¿Cuántas horas trabajaba cada día en el taller?

Entrábamos a las 9.30 hasta las 13.00 horas y, por la tarde, desde las 16.00 hasta las 20.00 horas. No era un trabajo agotador, para nada. Además había mucho compañerismo y nos lo pasábamos muy bien.

¿Qué recuerdos guarda en su memoria de esa época?

Aunque la memoria ya no me va tan bien como antes, la verdad es que tengo muy buenos recuerdos. Yo vivo en Lérez e íbamos todas juntas en pandilla al trabajo. No era como ahora, que cada una va de forma individual y apenas se relaciona con nadie.

¿Cuántos años tenía cuando decidió dejar de coser?

El taller lo dejé a los 18 años. Después de esta época como aprendiz, durante dos años trabajé para una modista de Pontevedra, que necesitaba una chica, y yo me encargaba de ir de casa en casa. Finalmente, ya cuando me casé, decidí trabajar en mi propia casa. Dejé de coser para el público definitivamente cuando tenía alrededor de 50 años porque la artrosis me afectó a las manos y ya no rendía como antes. De todas formas, para mi familia sigo haciendo arreglos, pero sin el agobio ni presión que tenía antes.

¿Cómo era su modo de vida durante los años de trabajo en casa?

Sinceramente, era como una ‘esclavitud’. Al trabajar en casa no tenía un horario establecido, cuando no me daba tiempo a acabar una pieza durante el día, seguía por la noche. Lo dejé, en parte, porque era muy agobiante. No disfrutaba de ningún descanso. Tenía muchísimos clientes, yo si ahora pudiese y quisiera aún tendría mucho trabajo. La verdad, no le aconsejo a nadie trabajar en casa, es bastante sacrificado.

¿Qué opina del cambio que ha sufrido el sector de la costura con el paso del tiempo?

Las chicas de ahora ya no van a aprender, ahora van a estudiar. Algunas personas se apuntan a corte y confección y piensan que con eso ya está, pero la costura hay que trabajarla desde abajo y nunca sabes todo, porque las modas cambian continuamente.

¿Qué diferencias existen entre las prendas hechas antiguamente y las que fabrican ahora las grandes cadenas de ropa?

No se compara, la diferencia es abismal. Yo comprendo que ahora si tienes que pagar por hacerte alguna prenda te sale mucho más caro, por eso la gente se decanta por la segunda opción normalmente, especialmente los más jóvenes, que van todos iguales. Pero claro, hay cosas más exclusivas que, seguramente, no se puedan encontrar en el comercio, hay que hacerlas.

¿Qué le parece el proyecto Memoria das Mulleres?

Para mí ha sido una grata sorpresa, no me lo esperaba para nada. Yo pienso que es una iniciativa que está muy bien porque ahora no hay la comunicación que había antes entre madres e hijas. En mi época se convivía más con la familia, se hablaba más en casa. Ahora la mayoría de los niños se centran en los estudios, juegos y televisión. Creo que es importante contarle a la gente cómo era nuestro modo de vida porque muchos no tienen ni idea.

¿Algún miembro de su familia ha querido seguir sus pasos?

Ninguno. A mí es algo que me habría encantado, pero ni mis hijas ni mis nietas se interesaron por este mundo. Si necesitan cualquier cosa me la piden a mí. Ellas prefirieron estudiar y seguir unos caminos distintos.