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Miguel Olarte

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Praza da Milagrosa. La real

Cabreos y resacas

A Milagrosa ha demostrado capacidad de acogida y paciencia; ahora merece reciprocidad


AHORA VOY menos por A Milagrosa. Por nada en especial, los hijos, el trabajo, la vida... Ahora voy menos y antes iba más, punto. Ni antes ni ahora ni nunca he tenido más problemas en esta zona que las resacas del día después, culpa sin duda de un ambiente en el que es fácil sentirte cómodo y de esos tipos del barrio que me acogen y abusan irresponsablemente de mi predisposición natural al lío. Si saben cómo me pongo, para qué me invitan.

El viernes por la noche me la volvieron a hacer. Con el truco de "venga, la última y nos vamos", los muy canallas, y luego se extrañan de que no los hayan nombrado nunca Milagrosistas del Año pese a que llevan toda su vida allí y el título lo tienen decenas de personas que no saben ni dónde queda. Normal, yo tampoco se lo daría, dan muy mala fama al barrio, aunque no tanta como está sufriendo la zona últimamente. Que pasar, algo pasa, pero con esto de la sensación de inseguridad una cosa es lo que pasa y otra, lo que se cuenta.

Este viernes a las tres de la mañana, por ejemplo, no pasaba nada. Era un gusto caminar por A Milagrosa. Hasta pasó una patrulla de la Policía Nacional, que nos echó un ojo por si acaso. A decir verdad, hasta pudieron haber parado a identificarnos para quedarse más tranquilos, motivos no les hubieran faltado, ya no por Iván o por mí, pero por lo que respecta a Curro nadie podría reprochárselo. El caso es que no pararon, que a A Milagrosa daba gusto verla y que este domingo tengo resaca.


En los morros de los chavales y los policías echó toda la mala sangre que llevaba tiempo acumulando


Este sábado, sin embargo, sí que tuvieron que parar. Y no una patrulla, sino cuatro. Y no a las tres de la mañana, sino a las ocho de la tarde. Me lo guasapeaba en directo Choni, otro milagrosista del año en potencia que está hasta las pelotas.

Como su vecina, una chica que este sábado no pudo más con la falta de civismo y la matonería de un grupo de chavales que anda trapicheando por la zona de Río Cabe, con sede en un bar de la calle, se encaró con ellos harta de sus constantes amenazas y llamó a la Policía. Allí mismo, en los morros de los chavales y de los policías, echó toda la mala sangre que debía llevar tanto tiempo acumulando dentro. La cosa fue a más, la Policía marchó y los que vinieron fueron un par de familiares de la chica con el mismo hartazgo. Y claro, la Policía tuvo que volver, con cuatro coches esta vez.

El final, ya se habrán imaginado, es la cuadrilla de chavales sentados en la acera a la puerta de su valle prometido y la vecina, sus familiares y el resto de vecinos, encerrados en sus casas. La mayoría de ellos hace ya tiempo que evitan atravesar por ahí y las mujeres cambian de acera cuando van solas o con niños.

Las dos escenas son A Milagrosa. La de los protodelincuentes y los vecinos cabreados, sí, pero sobre todo la del grupo de colegas disfrutando con total tranquilidad de una noche de viernes por una de sus calles. El problema es que, poco a poco, la primera está tapando a la segunda y creando un sentimiento de inseguridad en el barrio que no por exagerado deja de estar justificado entre los vecinos.

Supongo que es más fácil decir algunas cosas cuando en realidad no es tu problema, cuando tus cuatro ratos por allí son unas risas y no tienes que cruzar de acera a las seis de la tarde porque tienes miedo por tus hijos. Aún así, A Milagrosa no es un barrio en el que cada día haya robos a punta de navaja, las ancianas rueden por las aceras cada dos por tres víctimas de los tironeros o las bandas juveniles y las de narcos se disputen el territorio a balaceras. A Milagrosa sigue pudiendo presumir de lo de siempre, de ser una de las zonas más solidarias y con mejor capacidad de acogida de Lugo y una referencia para el ocio ligado a la hostelería.

Solo que todo tiene un límite, y ya no se pueden ignorar ciertos problemas de convivencia que ahora están comenzando a reventar. Sobre todo porque es ahora el momento de atajarlos, para que la legítima pero todavía incipiente sensación de inseguridad no acabe por convertirse en la triste realidad.

Lo peor es que me da que no va a ser fácil. Lo sería mucho más si se tratara en su núcleo de un verdadero problema de seguridad, de delincuencia. Algo que se podría resolver en gran parte con una mayor vigilancia y presencia policial, que tampoco digo que pueda ser de hoy para mañana en una ciudad en la que desde hace tiempo las patrullas policiales (y no digamos ya a pie) son especies en vías de extinción. Pero se podría hacer, en cualquier caso, con voluntad política y recursos.

Pero creo que en realidad el grueso del problema no es delincuencial, de seguridad, sino de convivencia. Y eso ya es harina de otro costal. Muchas zonas de A Milagrosa están sufriendo ahora los efectos de años de dejadez por parte de las administraciones públicas pero también por parte de muchos propietarios de viviendas, que han dejado de invertir en ellas hasta que la presión del mercado las ha convertido en el destino lógico de grupos sociales que, diversos en sus orígenes, culturas y nacionalidades, han desembarcado en el barrio unidos por una situación económica compartida: la búsqueda de alquileres baratos.

Hace muchos años que el Concello vendió a bombo y platillo la declaración de A Milagrosa como área de rehabilitación integral, lo que sin duda podría haber ayudado mucho. Pero, como suele suceder, aquello se quedó en fuegos de artificio. Esta por ver si cuando por fin llegue, si llega, lo hace a tiempo.

Tampoco digo que fuera a ser la solución al problema, pero sí creo que el problema actual sería menor si se hubiera hecho. Y si muchos propietarios —no me atrevo a decir que aún vecinos— hubieran tenido el mismo aprecio por el barrio que la mayoría de los milagrosistas.

Y tal vez también ha llegado el momento de dejar de reclamar comprensión y solidaridad a los vecinos y exigir a todos un respeto a las normas mínimas de convivencia, porque A Milagrosa ya tiene más que demostrada su capacidad de acogida. Y su paciencia con las resacas.

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