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Amalia Enríquez

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Diana forever

Recuerdo, como si fuera ayer, el día que se fue. Parece mentira pero, en unas semanas, se cumplirán 20 años. Eran las seis de la mañana cuando me llamaron por teléfono para decirme que Diana de Gales y su pareja, Dodi Al Fayed, habían fallecido en un accidente de coche en el Pont D´Alma en París. En un principio pensé que era un mal sueño. Las llamadas que vinieron después me confirmaron el trágico final de una polémica historia de amor, protagonizada por una mujer a la que le pusieron muy difícil ser feliz. 

Nunca he ocultado que me gustaba Lady Di. Es posible que la ternura, que desde el primer momento despertó en mí, venia en parte propiciada por ese cierto aire de chica tímida y desvalida que siempre le acompañaba. El ir al matrimonio, locamente enamorada de su marido en la misma proporción que engañada por él, me predispuso a posicionarme a su lado en toda la historia que le tocó en suerte vivir.

A lo largo de los años disfruté y sufrí a partes iguales las vicisitudes que su matrimonio le puso en el camino. Y, como no podía ser de otra forma, estuve en su multitudinario entierro en Londres porque mi destino profesional quiso que así fuera. No olvidaré nunca los rostros de dolor de los británicos, ni las caras de desolación contenida de unos hijos que camina ban con la cabeza baja detrás del féretro de su madre, ni el saludo –más obligado que voluntario- de la Reina a ese mismo féretro, solamente adornado con un bouquet de rosas blancas, con una pequeña tarjeta de sus hijos en la que se leía MUMMY.

Muchos la han juzgado porque su vida no fue un ejemplo de rectitud y buen comportamiento. Yo prefiero no juzgar su vida. Tendría que haber vivido y pasado por situaciones similares para calibrar el alcance de mis reacciones. No soy de las que devuelvo lo que me hacen con la misma moneda, por eso nunca aseguraré que ella le fue infiel a su marido por despecho o para que probara de su propia medicina. Creo que a él siempre le importó muy poco lo que ella hiciera o dejara de hacer. Fue una mujer utilizada por un hombre que tenía muy claro que sería la madre de sus hijos, la que le daría el heredero al trono, pero que su entrega afectiva tendría otra dueña que es, a día de hoy, quien la sigue teniendo.

A pesar de que su cuento de hadas de convirtió casi en guión de culebrón venezolano (que bien le habría gustado guionizar a Boris Izaguirre), el cariño y veneración de medio mundo hacia ella continúan intactos. Esa imagen frívola, que algunos han querido potenciar negativamente en su contra, ha quedado eclipsada por su dedicación humanitaria a los más débiles, a los enfermos terminales y a los que –como ella— conocían el desamor y la decepción. Hoy sería una madre orgullosa de sus hijos y abuela consentidora de sus nietos. Novelada o no, la vida de Diana de Gales sigue siendo una fuente inagotable de información. Diana forever.

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