Zona Franca

Julián Rodríguez

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¿Para qué sirve la patronal?

La guerra abierta entre norte y sur, con duras acusaciones, es lo más destructivo para la CEG

¿A QUIÉN defiende realmente un sindicato? ¿A los trabajadores o a los desempleados? ¿Y una patronal? ¿Se siente representada en sus órganos de gobierno una multinacional? ¿Hace suyos los problemas de un autónomo? ¿O quizá solo le preocupe sobrevivir, sin mayor desasosiego que su propia subsistencia? En el caso de los empresarios gallegos, el paradigma se hace norma y la prueba de vida de su existencia pasa única y exclusivamente por periódicos episodios de espasmo orgánico, crisis internas recurrentes que conducen a precipitadas elecciones, consiguientes dimisiones, cismas posteriores y de nuevo búsquedas de consensos que, realmente, nadie invoca en serio y menos con la mano tendida.

La lectura rápida de la nueva crisis abierta en el seno de la Confederación de Empresarios de Galicia (CEG) nos lleva a una profunda división entre el norte y el sur, con el enfrentamiento de A Coruña y Lugo, que defienden al presidente de última hora que impulsaron, Antón Arias, frente a los díscolos del sur, que optan por explicitar su cabreo, comenzando por Pontevedra, esta vez con una baja temporal, una salida a medias, un me voy pero me quedo. Y es que desde la patronal provincial liderada por Jorge Cebreiros, que ha tomado una decisión inédita hasta ahora, aseguran no sentirse para nada representados por el nuevo líder.

Antón Arias no fue un nombre de consenso. Y hay que empezar por ahí. Fue un candidato ante la parálisis. Ante el abismo de meses sin presidente al que se asomaba la organización. Fue una opción pergeñada desde el norte, sí, quizá mal planteada en la forma, pero bajo la epidermis hay un empresario que tiene vocación de aglutinar. Otra cosa bien distinta es que lo logre finalmente. Entre acusaciones de deslealtad, como las que hemos escuchado esta semana, resulta difícil reconstruir nada.

Cebreiros y la confederación provincial de Pontevedra, y Pérez Canal con la de Ourense, saben que un abandono explícito y definitivo de la patronal gallega les colocaría también lejos del paraguas de la CEOE de Juan Rosell. De ahí la baja temporal, nada más, con su renuncia a asistir a los comités directivos. La consumación de su marcha, una opción no prevista en los estatutos, dejaría un espacio que otros podrían cubrir. Tienen razón los empresarios de Pontevedra cuando advierten que sus preocupaciones (AVE por Cerdedo, huelga de la estiba o competencia del norte de Portugal) no son atendidas por el nuevo presidente. Pero estos desvelos conducen a otros. ¿Y la falta de competitividad del nuevo puerto exterior de A Coruña? ¿Y la amenaza de la crisis demográfica en Lugo o los problemas del sector lácteo? ¿No son acaso inquietudes de los empresarios del norte? ¿Debe estar el presidente de la patronal en el día a día de esas zozobras, por locales que parezcan?

Desde luego, mirar hacia atrás no despeja esta última pregunta. Diéter Moure, Fernández Alvariño e incluso el Antonio Fontenla de la última etapa... Todo eran buenas palabras. Aplausos y oropel. Durante años, la patronal gallega parecía instalada en una Galicia luminosa en la que nada sustancioso era merecedor de crítica o reprimenda pública. La maltrecha economía de la organización, y su dependencia de los dineros públicos, en este caso de la Xunta, lo condicionaba todo. El déficit de recursos también lo fue, a la postre, de ideas. Y esa vía de agua es la que amenaza, de manera más determinante y aparentemente imperceptible, con hundir el barco. ¿Cómo pueden tener influencia en la sociedad unos empresarios sin criterio y sin opinión ante la realidad más próxima? ¿Qué es una patronal sino un «lobby» en toda regla?

Antón Arias no se estrenó lo que se dice mandando, al menos en el sur, pero sí opinando. Y su estrategia de hacerse oír da resultados, aunque quizá no los deseados, sobre todo a su llegada. Ahora, algo más asentado, modula un mensaje que sin embargo todavía chirría a oídos de algún empresario. Arias valora, oficialmente, el crecimiento de la economía gallega en esta larga salida de la crisis. Sin embargo, también advierte sobre "la alta temporalidad, la baja calidad en el empleo y el escaso crecimiento de los salarios como factores preocupantes para que el crecimiento alcance a las familias y sea sostenible en el tiempo". Esa llamada de atención la podría firmar cualquier economista con los pies en la tierra. Solo hace falta tener sentido común.

¿Para qué sirve la patronal? Es la pregunta del millón entre los empresarios gallegos. Y Antón Arias y todos los barones provinciales deberían preocuparse en dar respuesta cada día a ese interrogante. Al menos, si quieren ser reconocidos por la sociedad gallega.

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