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Adrián Rodríguez

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Armando Guerra caracterizado como un piloto antiguo en el vídeo de Manolo Yáñez

Un Black Stone surcando el cielo

Armando Guerra se merecía una contraportada desde hace tiempo, posiblemente desde hace 50 años, pero ha tenido que venir Manolo Yáñez con sus manos mágicas para prender la chispa, un delicioso vídeo colgado en Youtube, y dejar las cosas en su sitio.

Antes convendría explicar algunos puntos. Decir, por ejemplo, quién es Armando. Por si alguno no lo sabía, por si quedaban despistados en la sala. Verán: a finales de los 60 y principios de los 70 había un chico en Pontevedra que llevaba el pelo largo. «Mira ése, con el pelo largo», pensaba la gente. Era Armando Guerra, que ya traía callo en el noble arte de que te resbale todo.

Junto a otros, trataba de escapar del gris omnipresente. El gris de los trajes, el gris del pelo o el gris de los bigotitos franquistas. Y en ese camino se abrazó a la música de The Beatles. Puestos a abrazar, la verdad, no hay opciones mucho mejores.

Las canciones que llegaban de Liverpool fueron la banda sonora de una revolución que se hacía prácticamente sin querer, a golpe de caderas. Como casi todas, acabó en fracaso. Eso sí, el enemigo, poderoso, concedió un puñadito de pequeñas victorias. «En realidad solo estábamos hasta las narices. Nosotros no queríamos ser como nos pedían que fuésemos. Queríamos ser distintos», se ríe Armando, antes de hacer una pausa teatral y añadir: «Eso creo que se llama adolescencia».

Armando es un clásico de Pontevedra y apura el café en la terraza del Savoy, con la melena creciendo cada vez desde más atrás, el purito con boquilla apagándose de cinco en cinco minutos de tanto hablar sin fumar y el bajo descansando en casa.

Porque sí, él toca el bajo. Lo tocaba hace 50 años, cuando ya se llamaba Armando Guerra («Mira ése, con ese nombre»), y lo sigue haciendo casi todos los martes, los días de ensayo de los Black Stones, el grupo que permite cerrar los ojos, seguir el ritmo con el pie y viajar en el tiempo como si condujésemos un Delorean.

Todos afinaron sus instrumentos hace medio siglo y los aparcaron en el desván porque los vinilos no daban para pagar la hipoteca. Descansaron, reposaron, filosofaron, trabajaron, y se juntaron 40 años después, casi como los mosqueteros de Dumas .

En ese intervalo a Armando Guerra le dio tiempo a dirigir una agencia de publicidad, Alas Noroeste, a pintar, a dibujar y a ejercitar el modelismo. No, no digan la palabra maqueta, que se enfada.

Y a leer. Sí, lo habrán visto por Pontevedra: Armando es ese hombre que fuma en pipa y va leyendo por la calle, según camina, ajeno al tráfico y a los socavones que preceden al modelo de ciudad. Un precusor, le digo, de la moda del chiqui chiqui con el dedo, del wasap, el Facebook y el Instagram. Y dice que no, que qué va, que esos sí que no se enteran, que lo suyo es otra cosa, que es él quien esquiva a la gente normal, que no va atenta, hombre, que él tiene visión, pongamos que periférica, y domina el campo como un general en la batalla. Normalmente lee títulos sobre temas navales o aeronáuticos. Lo que opinen los demás («Mira ése, con ese libro») le vuelve a dar igual por tercera vez en la contraportada. Debe de ser un récord.

Ahora, a la jubilación, de nuevo el bajo a cuestas. Los conciertos, las grabaciones en estudio, los arreglos, los ensayos, los CD, los fans. Sí, los fans. Quién se lo iba a decir a estas Pedras Negras, a estos Black Stones.

Y llega Manolo Yáñez y monta esa maravilla de vídeo en el que Armando es el starring principal. Porque en realidad hace de sí mismo: pasea leyendo (o lee paseando), dibuja, pinta y hasta, en medio de un sueño, en una escena memorable, se monta en un aeroplano y surca el cielo de la ría de Pontevedra con un gorro de aviador, por encima de la isla de Tambo, donde recibe un impacto de bala en el cristal delantero. Un Barón Rojo sobre Celulosas.

Ese microdocumental, de tres minutos, se desarrolla mientras de fondo suena Bob Dylan con My back pages. Quizás porque, como dice Armando, «a partir de los años 80 la creatividad se desplomó por completo», y no había nada reciente que valiese ni la mitad que el viejo Bob. ¿Y no será un comentario nostálgico, una añoranza de la juventud perdida? «Algo puede haber», concede el Black Stone. Los músicos, aunque a veces parezca increíble, también saben hacer autocrítica.

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