Pontevedreando

Adrián Rodríguez

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Un curioso observa la mercancía de uno de los puestos del rastro de antigüedades de A Verdura

Marmotas y marmotillas

PENSÁBAMOS que nuestro Día de la Marmota pontevedrés se reducía a un puñado de grandes proyectos: un gran hospital, una gran circunvalación, un gran suelo industrial... Esos planes de altos vuelos entraban en la madeja administrativa y en el debate político y nunca más salían de ahí: una lavadora siempre pensando, siempre centrifugando, sin que la ropa acabase de secarse jamás.

Pero aquí no siempre hacemos las cosas a lo grande. También hay marmotas de bajos vuelos. Marmotillas, podríamos decir. Y son unas cuantas. De los problemas con los gorrillas hemos hablado en otras ocaciones, o del minifundio de las oficinas de turismo, tres en el casco urbano, una para cada administración. Con esos antecedentes, estos últimos días nos ha saltado a la cara otra marmotilla encantadora: la feria de antigüedades de A Verdura.

Buceando en la hemeroteca me he encontrado un par de joyas talladas en 2013. En junio de ese año, este periódico titulaba: "Cerco al descontrol en el mercado de antigüedades". Y subtitulaba: "Vecinos, comerciantes y hosteleros solicitan al Concello el impulso de una norma que ayude a recuperar la esencia del mercadillo".

Se hablaba de un consenso absoluto entre todas las partes implicadas. Un futuro soñado. Pero luego llegó el verano. Y después, puntual, el otoño. Una estación detrás de otra. Todo era previsible. También que el tema se quedara en el limbo y, llegado diciembre, se produjeran, una vez más, incidentes entre los feriantes que colocaban su mercancía en la plaza: hacía tiempo que el bazar se había pervertido por completo.

Tras esas trifulcas, este periódico tituló: "Román espera poner orden en A Verdura". Y subtituló: "Promoción Económica solicita una delimitación de puestos y una regulación que remate con el ‘caos’ del rastro dominical".

Hace dos años, insisto.

La letra pequeña, en el cuerpo de la noticia, deslizaba alguna clave importante. La concejala socialista, actualmente fuera de la Corporación, dijo que ella había dado "la voz de alarma hace tiempo", pero que no se trataba de un problema exclusivamente de su competencia, ya que el uso de la vía pública correspondía a la Concellería de Protección Cidadá, de la nacionalista Carme da Silva.

La madeja. El debate. La centrifugadora. Porque desde entonces, nada. Bueno, sí. Perdón. Rectifico: en mayo de este año, y disculpen que cite a este diario otra vez, pero es la hemeroteca que tengo más a mano, publicamos: "Primera condena por vender objetos robados en el mercadillo de A Verdura".

Así que lo del pasado fin de semana es una muesca más, salvo por el hecho de que esta vez el conflicto ha cambiado de nivel y ha acabado enfrentando a un conocido hostelero, Álvaro Ibaibarriaga, con un policía local. De fondo, el problema es el mismo: la conversión de un rastro de antigüedades en un mercado con mercancía de dudosa utilidad y también de dudosa procedencia. Todo ello aderezado con el hecho de que la feria se celebra un domingo a la hora del vermú en una plaza que constituye, junto a la de A Leña, el paraíso de las terrazas de Pontevedra.

Hace mucho tiempo que resulta incomprensible que ese rastro continúe ahí. Ni los comerciantes que fueron sus promotores originales lo defienden, porque, como recalcó Ernesto Filgueira, se puso en marcha cuando la zona monumental era otra cosa, sin apenas vida, antes del boom hostelero.

El mercadillo debió trasladarse hace años. ¿La calle Sierra, como ha dicho al fin Vicente García Legísima? Pues perfecto. A ver si es verdad. Pero también habrá que controlar qué es lo que se vende ahí, como reclamó ayer Jacobo Moreira. Si los cuadros, las alfombras, los relojes, los teléfonos Alcatel, los juguetes, las revistas y los libros llenos de olor a viejo y con perfume de reliquia, u otra cosa, como ropa llegada de Cáritas, que fue lo que denunció Ibaibarriaga el miércoles en una deliciosa entrevista con Diario de Pontevedra.

En A Verdura una vez compré una revista Time en inglés en la que salía Adolfo Suárez y se pretendía explicar qué estaba cambiando en la España de finales de los 70. Y en otra ocasión casi me llevo un teléfono de la CTNE, con su dial y su cable enrollado color hueso. Creo que hay lugares mejores para adquirirlos que el corazón de la ciudad. La hoja de antecedentes del mercadillo, digna de una película de sobremesa, así lo aconseja. Además, eso supondría acabar definitivamente con una marmotilla. La verdad, ni los más viejos del lugar recuerdan algo igual en esta ciudad.

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